Pablo Cuvi

Vargas Llosa contra sí mismo

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Sábado 09 de noviembre 2019

pcuvi@elcomercio.org

La política sucia de los años 50 es la poderosa droga que vuelve a templar la pluma de este octogenario que exhibe en ‘Tiempos recios’ el olfato carroñero, la pasión del creador y el dominio técnico que pusiera en ‘La fiesta del Chivo’. Gracias a los dictadores tropicales, a sus crueles esbirros y al gusto del peruano por el melodrama, algunos capítulos de su más reciente novela alcanzan el nivel del mejor Vargas Llosa, de ese jovencito del boom al que mi generación viene leyendo desde la adolescencia y que se convirtió hace rato en el último gran patriarca de la literatura en español.

“La alternancia de velocidad, suspensión y destino es uno de los poderes del narrador y pocos lo utilizan con la endiablada sabiduría de Vargas Llosa. Pero también la piedad con sus personajes”, escribe J.C. Mainer y con eso de la piedad se anota un poroto porque terminamos preocupándonos hasta por la suerte de Abbes García, el asesino favorito del Generalísimo Trujillo que reaparece en esta novela con perfil de conspirador. Y seguimos con el corazón en la mano a esa heroína de telenovela, la llamada Miss Guatemala que se roba el show aunque el desenlace tipo fact-checking que cierra el libro, con mensaje político incluido, desmerece del nivel de perfección alcanzado cuando el Nobel se preocupa de lo verdaderamente suyo: crear personajes verosímiles y cautivantes que no necesitan el respaldo de la realidad.

Porque, ¿qué me importa a mí que Marta Borrero, la seductora Miss Guatemala haya existido en la realidad y siga viviendo en una casa estrafalaria de Washington D.C. a donde Vargas Llosa le va a preguntar si era agente de la CIA? ¡Cómo se le ocurre! Lo mismo sucede al principio cuando hace un recuento histórico de la United Fruit y de cómo la gran prensa de EE.UU. difunde la falacia de que el presidente Árbenz quiere convertir a su país en un satélite de la Unión Soviética, en plena Guerra Fría. A lo que se suma el mensaje, machacado también en las entrevistas que concede Vargas Llosa, de que Árbenz era un demócrata que buscaba modernizar Guatemala y el golpe orquestado por la United y la CIA fue responsable, años después y entre otros males, de la radicalización de la Revolución cubana.

Fantasías. Hubo cien factores más. No, el ensayista que pregona la democracia liberal no está a la altura del creador genial que lo resolvía todo dentro de la novela, con las reglas propias de la ficción. Eso de echar los dados al pasado es un elemento clave de la tragedia (si Edipo no se cruzaba con el papá, si Hitler lograba seguir su carrera de artista) y acentúa la tensión dramática, pero no merece un análisis político serio.

Dicho esto, separado el grano de la paja, muchos de los capítulos son magistrales y al leerlos uno se pregunta cómo un tipo de esa edad puede seguir escribiendo así y embaucándonos de esa manera. ¡Chapeau, Marito!