Juan Cuvi

Segunda muerte

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Viernes 27 de enero 2012
27 de January de 2012 00:02

Hay varias formas de anular los referentes políticos, sobre todo cuando se trata de hechos o personajes relevantes. Una es el ocultamiento frontal y sistemático, tal como lo han hecho muchas dictaduras. Cualquier antecedente contestatario que les resulte incómodo, que evoque algo de dignidad o decencia, es borrado desde la historia oficial. Así de simple y descarado.

También hay formas que hacen gala de una refinada sutileza. Por ejemplo, simular una evocación grandilocuente del pasado con el único propósito de burocratizarlo. El caso mexicano es paradigmático: una revolución que fue un hito mundial de cambio, terminó institucionalizada entre las telarañas de un partido corrupto y reaccionario.

El Ecuador no quiere quedarse atrás. Ya desde la Asamblea Constituyente de Montecristi, los estrategas del marketing correísta desataron una ofensiva publicitaria que terminó transformando a Eloy Alfaro en valla publicitaria. Anuladas quedaron las nociones de insurgencia y radicalidad que dieron vida y sustento al alfarismo. Por obra y gracia de la necesidad electoral, el Viejo Luchador terminó apadrinando posturas clericales de esas que en vida le habrían provocado urticaria. Basta únicamente señalar la inclusión del nombre de Dios en el preámbulo de la nueva Constitución.

Pero más que una apropiación espuria del personaje, lo que la publicidad del Régimen está logrando es su completa desnaturalización. Quitarle la esencia a una figura histórica es también una forma de destruirla. De contumaz insurrecto a moderno tecnócrata; de estadista a demagogo. La parafernalia oficial no busca tanto arrebatarle el símbolo a sus auténticos seguidores, cuanto diluirlo en la modorra política. Banalizarlo hasta la rutina. Desalmarlo. Más o menos lo que pretendió hacer la plutocracia liberal del siglo XX: convertir al General Alfaro en contraportada de cuaderno escolar.

Mientras más intentan los publicistas y altos funcionarios del Régimen encontrar similitudes entre Correa y Alfaro, más alejan a este de su naturaleza. No me imagino a Don Eloy persiguiendo periodistas o descalificando mujeres. Mientras más sobreponen el actual proceso con el que ocurrió hace un siglo, más incongruencias afloran, menos queda de la utopía que encarnó la Revolución Liberal y del espíritu de las montoneras.

Transformado en llave maestra, ahora resulta que Alfaro sirve para abrir todas las puertas del espectro político nacional. Por allí asoman, indiscriminadamente, desde marxistas de cafetín hasta curuchupas confesos. A la voz del carnaval, ¡todos alfaristas!

Sobre los responsables del asesinato de Alfaro aún quedan muchos cabos sueltos e incógnitas que tendrán que ser esclarecidos. Pero de lo que no cabe duda alguna es de quienes hoy lo están matando.