Juan Valdano

El regreso de Ulises

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Miércoles 28 de agosto 2019

La etimología da cuenta que nostalgia, esta evocadora palabra castellana, viene de dos voces griegas, “nostos” que significa regreso y “álgos”, dolor. En la tradición poética griega el “nostos” es el viaje de regreso a casa del héroe épico, la azarosa travesía del guerrero que añora el hogar y, al fin, llega a la patria. Si es así, la nostalgia es la pena que siente aquel que emprende el retorno (real o imaginario) a la tierra que lo vio nacer.

La Odisea homérica es el “nostos” y el “álgos” por excelencia, viaje y sufrimiento del héroe Ulises quien, luego de años de guerrear frente a las murallas de la arenosa Troya, al fin retorna a Ítaca, la patria largamente soñada.

¿Quién no ha sido atrapado alguna vez por el deseo de regresar a ese recodo del camino que dejó atrás y en el que por un instante fue feliz? ¿Quién no ha sufrido de nostalgia, quién no ha evocado un momento del pasado, esa etapa de su vida en la que todo parecía tener sentido: la infancia que regresa, la madre a la puerta de la casa solariega, el amor fugaz que se durmió bajo la infecunda higuera, los amigos; en fin, todo aquello que guarda ese grato sabor de lo hondo y lo entrañable.

Los astros cíclicamente retornan a un mismo punto de su órbita. Si Pitágoras lo intuyó, Kepler lo confirmó.

El instinto impulsa a las aves a regresar al primer nido. El eterno retorno marca oscuramente los días del hombre. El migrante que abandona la patria, acicateado quizás por sueños de aventura, caminará en un país ajeno llevando consigo la nostalgia de su tierra, no dejará de extrañar el sabor que tenía el agua de su pueblo, el color de su cielo, la tristeza de su música.

Viajar al fondo de nuestros sueños, volver a los lugares en los que nos enamoramos y dejamos una huella es añoranza; recuperar por el recuerdo lo que alguna vez fuimos y ya no somos es saudade y aflicción. Después de todo, bien sabemos que si hay algo que no existe en este mundo es el olvido, que la memoria es recurrente y proclive al sufrimiento y que la dicha es inasible y fugaz, hervor de un instante, espuma del tiempo.

Después de tanto guerrear y andar, de tanto amar y ser amado por mujeres y aún por diosas, un solo afán le acaparó a Ulises: enrumbar a Ítaca su nave, recalar en una playa de su isla y trajinar, al fin, por una gastada vereda que le llevase a su puerta. Ver como antes y desde lejos el humo del hogar que se eleva desde el techo de su casa, llegar a ella y acogerse, cual un ave fatigada, a la sombra del alero doméstico. Saborear el pan casero que en su memoria jamás perdió ese aroma que añoró siempre. Y luego de ello, recuperar la paz del ánimo, cicatrizar las heridas viejas y mirar sin apremio alguno ese mar azul de Ítaca, la isla añorada, esa patria de pastores, esa Ítaca pobre, esa tierra humilde; humilde y pobre sí, pero suya.

jvaldano@elcomercio.org