El paseo de los muertos

Tras una cortina de años, los amores y desengaños de nuestra colada morada.

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Blog Sobremesa

Claro que me encanta la colada morada, le dice una amiga a la otra. Están sentadas en una cafetería preciosa, de mesas chicas y grupos grandes, cada una con una taza contundente del brebaje morado de la temporada. Pero ni muerta hago yo una olla de colada morada en casa; ¡es un trabajazo! 

Hacer colada morada no solía ser un trabajazo. Bueno, depende de qué época de la historia andina estemos hablando, porque desangrar llamas tampoco es fácil, pero eso de tomarse la sangre de llama pasó de moda hace unos cuantos siglos. Una vez superada esa etapa, podríamos decir que se alivianó el proceso de esta bebida milenaria. 

Es cierto que no había, como hay ahora, gente que venda ramitos convenientes de todas las hierbas necesarias para la colada morada. Tampoco vendían las cinco especias que requiere la receta en paquetitos plásticos, listas para usar. En esos tiempos, si una quería que su colada tenga bastante mortiño, le tocaba aguantar el viento del páramo mientras arrancaba pepitas de los arbustos. ¿Y la harina de maíz morado? Súbase las mangas. 

Sin embargo, cuando una compara la labor de hacer esta bebida con la tarea de desenterrar a sus muertos, vestir cadáveres con ropa bonita, y pasearlos por el mundo, la colada morada es la parte fácil. 

Entramos en el mes de amarcar muertos, o aya marcai killa, como se dice en quichua. Diría yo que es un buen momento para contemplar el pasado, revolver una olla, y tomar nota del estado actual de nuestras tradiciones. 

Hay para quienes el 2 de noviembre no es más que un feriado, que arrejuntado con las fiestas de Cuenca, resulta en un descanso de buenas proporciones. Hay para quienes esta fecha es un recordatorio moral de visitar el cementerio, llevar un ramillete de flores, y dedicarle un par de pensamientos a los parientes que ya no están con nosotros. Hay quienes se van de paseo y regresan hablando de las maravillas de tradiciones del Día de los Muertos y Halloween en lugares lejanos. Y luego hay esa parte de la población de nuestro país de maravillas, que reúne a toda la familia, compra flores, empaca gorra para el sol y paraguas para la lluvia, y honra el Día de los Difuntos con un gran picnic familiar, multigeneracional, en pleno cementerio, y hay colada morada y guaguas de pan para todos.

Sea cual fuese el grupo que lo representa, querido lector, es usted parte de la cultura viva de nuestro país. Lo somos todos. Y ya que a mí compete hablar menudamente de las curiosidades que cultivamos, preparamos y comemos, narraré a continuación lo poético de armar una olla de colada morada, ya habiendo hecho un menjurje en mi cocina. 

Como todas las tradiciones culinarias que merecen perdurar en el tiempo, la colada morada es una labor de esmero y paciencia. Aproximadamente 20 ingredientes conforman la bebida, pero no es cuestión de botar todo en una gran olla, pues la colada morada va tomando vida poco a poco, con las bondades de la Pachamama, tiene alma, cuerpo, personalidad, y adorno. 

Empezamos con el alma: una infusión de hierbas y especias engendran el aroma inequívoco de la colada morada. La familiaridad de la hierba luisa, el cedrón, el amaranto, la canela, pimienta dulce, anís estrellado, y el clavo de olor se mezclan con la peculiaridad de las hojas de arrayán y el ishpingo amazónico. 

Ahora le ponemos cuerpo: la harina de maíz morado se encarga de espesar la bebida, añadiendo una textura que se queda en el paladar. La dulzura de la panela contrasta esa textura, aterciopelando la bebida y expandiendo el sabor de las especias. 

La personalidad de cada colada se basa en tres frutas: el mortiño, la mora, y la naranjilla. Van variando aquí las cantidades que una escoja, el punto de madurez de la mora, el tamaño de los mortiños, que llegan a ser muy fibrosos cuando están chicos, y la variedad de la naranjilla. Este jugo se cocina aparte y se pasa por la licuadora. Mancha irreparablemente de morado la bebida. 

Finalmente, el adorno: nunca falta algún disparatado que pique mangos o alguna otra fruta que se cruce por ahí, pero para quienes se rigen por las tradiciones — por recientes que estas sean, — el adorno va de cuenta de frutillas, piña, y chamburo, que con frecuencia se substituye con babaco.