El paseo de los muertos, parte II

Como a mis antepasados; de lo que vale, cuesta, y representa una guagua de pan.

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Blog Sobremesa

“Y esa, ¿de qué es?” “Esa es una guagua cubierta de chocolate y rellena de chocoavellana… como para que se le prenda la diabetes,” admite la señorita de caja, con una sonrisa pícara. 

Habrá que ponerle sal quiteña para vender una guagua de pan así, pensaría un alma recatada, y estaría enteramente equivocada. Hoy en día, esta ‘novedosa’ — por no decir otra cosa — versión de la fiel acompañante a la colada morada se vende en casi todas las panaderías más populares de la capital ecuatoriana. 

Al cierre de las celebraciones del Día de los Difuntos, vemos pasar un año más de tradiciones culinarias, con sus cambios y adaptaciones correspondientes a la vida actual. Si las costumbres culturales se toman como un reflejo de la sociedad que las practica, me pregunto yo, ¿Qué dice de nosotros una guagua de pan dulce, cubierta de chocolate, rellena de chocoavellana, con la sonrisa pintada y los ojos cerrados? 

Empecemos por aclarar que lo que se considera una tradición es a veces mucho menos antiguo de lo que parece. Si bien la colada morada es una bebida milenaria que acompañó siempre el mes de amarcar muertos — si se perdió esa columna, léala aquí — en los Andes ecuatorianos, no siempre hubo un Robin de pan para este Batman morado.

La cuestión era que sacar a los muertos cada año de sus urnas de barro para pasear sus almas se volvió una preocupación sanitaria, y entonces hubo que aplicar simbolismos. Las primeras guaguas de pan, que llegaron a la escena recién hacia mediados del siglo XIX, eran momias de masa, cada una representaba a los muertos que iban a salir de paseo. En este punto no había un apelo culinario; nadie con dos dedos de frente estaría pensando en comerse la momia del abuelito, y por lo tanto, las momias eran simples en su receta, y decoradas con el hollín del horno de leña. 

En algún punto, la momia se hizo guagua, tal vez por su similar envoltura en mantas de masa imprecisa. Así, cambió el nombre, de pan de muertos a guaguas de pan. Reducido lo tenebroso, aumentado lo tierno, y de pronto, el pancito era más apetecible. 

Sin embargo, no fue sino hasta los años 80s que a alguien se le ocurrió hacer un glaseado real para pintar la guagua, y sin más, suplantamos el hollín por un poquito de azúcar. 

Bueno, dijo un panadero, si quieren yo les hago las guaguas. Entra el capitalismo. La comercialización cada vez más popular de guaguas de pan ha ido leudando una nueva identidad para este simbolismo — de eso puede leer aquí. Mientras más azúcar se le va aumentando a la receta, ya sea en el tipo de masa que se usa, las decoraciones con que se van humanizando a los pancitos, o los rellenos que llevan dentro, más parece perder su conexión con aquellos antepasados que hubiese podido representar. 

Es posible que la evolución de las guaguas de pan termine por convertirlas en una especialidad culinaria que nada tenga que ver con el Día de los Difuntos. Nadie estaría más triste que la colada morada de perder a su acompañante estelar, pero habiendo sobrevivido tanto, ella sabe que no todas las tradiciones aguantan los cambios sociales que alteran creencias y morales.