Susana Cordero de Espinosa

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Martes 07 de enero 2020

El ‘hábito del arte’, según Maritain, compromete la personalidad del artista: su cultivo exige una tenacidad que no admite descanso. Marco Antonio Rodríguez trabajó sus ‘Cuentos del rincón’, ‘Historia de un intruso’, ‘Un Delfín y la luna’ y ‘Jaula’ entre 1972 y 1991. Hoy los reúne en ‘Todos mis cuentos’, en una bella edición ilustrada por grandes maestros amigos. Su escritura es insuperable. Cada narración contiene en germen las demás. Sucedió con “Historia de un intruso” y sucede con el cuento que da título a “Un delfín y la luna”: su universo es, de alguna forma, el de todos los otros.

Nunca he hablado con el autor acerca de su creación, y esto, que constituye un límite respecto de mi comprensión de su literatura y su personalidad es, a la vez, garantía de que entro en sus textos sin otro compromiso que el que la lectura teje en mí, a manera de una ardua tela de araña espesa, gris.

En tiempos en que los premios de concursos se deciden por amistad o enemistad con los concursantes, es positivo, excepcional sentirse emocionalmente libre de juzgar.

Se decía, se siente, se sabe que toda literatura está, ‘per se’, destinada a la derrota y convenimos en que la vida misma, cuya desembocadura es la muerte, es fallida. ¿Basta contar con una obra para captar el sentido que el escritor da a su vida, las ideas-base que le acosan, los sueños que persigue o que desecha, su forma de mirar nuestro mundo? ¿Es legítimo exigir al escritor que transparente en la ficción, lo real?; ¿lo es, esperar desde nuestra condición lectora, que el texto traduzca el misterio del fracaso de cada ser humano? Cada cuento es finito, pero son infinitas las posibilidades de interpretarlo, aunque nunca lo captemos desde las motivaciones que incitaron a escribir al escritor. ¿Las conoce él mismo? ¿Sabe a dónde lo llevan sus criaturas? La obra desafía a autor y lector: el ámbito de humanidad o inhumanidad que despliega duele, nos rebela y refleja, y nunca entrega cuanto el artista deseó, cuyo genio le obliga a decir menos, no más. Si el lector llega al cuento dispuesto a llenar los intersticios en los que actualizará lo ‘no dicho’, lo hace preñado de humildad. Entre el texto escrito y la interpretación lectora se establece un diálogo irreproducible…

Estos cuentos nos llevan a un ayer casi definitivo, aunque con certeza aciaga, deslumbrante, muestren que aun en ese tiempo ‘otro’, las vidas narradas permanecen, siguen reflejándonos y provocándonos. Están sus héroes o antihéroes familiares; perviven los prejuicios, los complejos, los egoísmos; la ternura, la desidia, la soledad, el desamparo. Cada vida creada por Rodríguez, desde la situación específica e individual de sus personajes, compromete dramáticamente nuestro indigente destino en el misterio de la condición humana. Escritura-espejo de esperanzas frustradas en el tiempo, cuentos como estos no serán anulados por la información incesante del universo virtual, ni por su actualidad presurosa, vaciada, vacía. Leámonos en ellos.

scordero@elcomercio.org