Kurosawa, el cineasta que descubrió Japón al mundo (II)

Kurosawa no solo adaptó grandes obras literarias, las reinventó desde su cosmovisión para explorar la verdad, la culpa, la belleza y los intersticios del ser humano.

Nada ha perturbado la sustancia milenaria del Japón. Saturado de tiempo –su guardián eterno–, se ha mantenido incólume. Ni guerras ni catástrofes lo han disminuido, peor transformado. Lo sagrado y el silencio. La devoción por la belleza y la armonía. La certeza de lo fugaz y el ensimismamiento para apreciar los instantes bellos porque estos se disipan más rápido que el vuelo de un halcón peregrino. El arte de reunir los fragmentos de algo que se quebró en nuestras manos…

La sangre como símbolo de honor. El seppuku o harakiri (lavar el honor en un torbellino de sangre y muerte). El trance místico. Los deportes que se han universalizado (todos bajo el fervor de las religiones), a través de cuyo tamiz parecieran transparentarse los fabulosos gladiadores del sumo o las disciplinas físico-espirituales. Los ejercicios regidos por la mente.

Su espiritualidad emana de los más profundos intersticios de su ser. Su fervorosa unción por la naturaleza. La pureza con que se debe ingresar a los templos y el culto a la limpieza, a la pulcritud…

De la literatura al cine

Akira Kuroswa es el cineasta más difundido de Japón. Venerado y desairado, ha oscilado entre la glorificación y el vacío, dentro y fuera de su lugar de origen. A su cine lo han calificado de violento, misógino, sensiblero, reaccionario… A punto de suicidarse por uno de sus estruendosos fracasos –política ultranacionalista de por medio–, fue reivindicado por cineastas de otros lares.

Su ópera prima fue La leyenda del gran judo, 1943, pero su peor aventura La más bella, 1944. Dispuesta por el régimen, es un filme propagandístico, cartelismo de la peor ralea. (Todo arte sometido a cánones dictados por el poder político es pasto del olvido).

¿Por qué El idiota, 1951, adaptación de la novela homónima de Dostoievski, ha sido objeto de críticas demoledoras? Kurosawa “orientaliza” esta obra. Un hombre, condenado a morir, salva su vida en el último instante. El impacto de sentir el aliento de la muerte deriva en ataques epilépticos, pero también moldea un espíritu bondadoso que florece al amor con la delicadeza de una vieja flor.

El cine es, quizás, incapaz de descender a las honduras a las cuales conduce Dostoievski. Para salvar esta distancia, Kurosawa instala silencios densos y mistéricos. Las miradas de los actores se cargan de sentimientos propios del alma japonesa. La cinta fue recortada y recompuesta varias veces en un ímprobo trabajo. El resultado fue un drama imperfecto pero estremecedor.

Las críticas despectivas que pesaron sobre el filme se han morigerado ostensiblemente en nuestro tiempo. Hoy se valora la maestría con la que Kurosawa logra el relato psicológico de una víctima de la guerra y sus secuelas. Tragedia y belleza se fusionan. Recientes críticas difundidas en plataformas dan fe de esta verdad. En definitiva, la cinta es el homenaje de un maestro del cine universal a uno de los escritores más grandes que ha dado la humanidad.

Las adaptaciones cinematográficas de obras literarias ocuparon un lugar destacado en la filmografía de Kurosawa: El idiota de Dostoievski, Trono de sangre y Ran de Shakespeare, Los bajos fondos de Gorki, Yojimbo de Hammett, El infierno del odio de Ed McBain…

Pero el nombre de Kurosawa fue consagrado mundialmente gracias al triunfo de su película Rashomon, 1950, adaptación de dos relatos de Akutagawa.

Rafael Azcona afirma: “Creo que el cuento es el género literario que mejor se presta a la adaptación: todo lo que hay que hacer es desarrollar lo que el autor se ha callado; en la novela, en cambio, se plantea el problema de eliminar mucho de lo que el autor ha dicho”.

¿Pierde méritos un filme por ser la adaptación de una narración de autor ajeno? De ningún modo. Lo decisivo reside en la resolución dramática y narrativa. Solidez estructural. Sobre todo en la capacidad del director para imprimir su propia cosmovisión.

La columna vertebral de Rashomon es el cuento En el bosque. Kurosawa recurre al relato Rashomon para contenerlo narrativamente y reorientarlo hacia su propia visión del mundo o –si se prefiere esa palabra demasiado manida– para articular el “mensaje”.

Los dos relatos son oscuros, conflictivos, desgarradores, desesperanzados. Labran el hundimiento del ser humano en la duda, cercenan los asideros más elementales: verdad, justicia, sentido… sin ofrecer un atisbo de luz. Los relatos son crípticos y cerrados a toda posibilidad de redención. ¿Hace Kurosawa lo mismo o, por el contrario, ofrece una salida?

“Todos pensamos que somos sinceros, aunque no lo somos./ Los seres humanos olvidamos lo que no nos conviene./ Creemos en nuestras propias mentiras./ Es lo más cómodo y fácil…/ Piensa un poco más de lo acostumbrado/ y te verás como ante un espejo frente a lo que te digo”… (A. K.)