Kurosawa, el cineasta que descubrió Japón al mundo

Más que un cineasta, Akira Kurosawa fue un intérprete del alma humana. Desde Japón construyó una obra universal que transformó el lenguaje del cine y la mirada sobre la condición humana y su país.

La iniciativa de Laboratorios Bagó “Comando Bienestar 360” superó el alcance de su edición anterior.

Descendiente de samuráis, humanista, existencialista, espiritual, occidentalista –siempre anduvo sobre las aguas del ultranacionalismo japonés–, Akira Kurosawa (Tokio, 1910-1998) es el cineasta que más contribuyó a mostrar Japón al mundo. Hurgó en los laberintos interiores del ser humano: la búsqueda de una razón de vivir, el incesante sentido de superación, los valores morales y cívicos… y ese amasijo complejo que llevamos dentro y que es objeto de vacilaciones y quebrantos.

Algunos estudiosos atribuyen a su padre haber despertado en él la afición por el séptimo arte y su admiración por el de Hollywood; otros sostienen que fue su hermano mayor Heigo. Lo cierto es que el hermano ejerció decisiva influencia en el futuro cineasta.

La herencia de Kurosawa

El terremoto de 1920 en Tokio dejó cerca de 150 000 muertos. Heigo llevó a su hermano (contaba con 13 años) a recorrer las calles y el río poblados de cadáveres calcinados. Vencido por el terror Kurosawa rememoró el infierno budista. El siniestro espectáculo era peor, lo podía observar en toda su lacerante realidad. Mediante esta vivencia Heigo le enseñó que encarar el miedo es la única manera de vencerlo.

Su filmografía figura entre las más importantes de la historia del cine y, gracias a su estilo inconfundible, dio origen a una “escuela” de la cual se nutrieron grandes maestros del cine mundial.

Luego de largos decenios de aislamiento y de recibir severas críticas por la “occidentalización” de su arte, en el crepúsculo de su vida, un grupo de cineastas occidentales rindieron un memorable tributo a Kurosawa. –¡Era tanta la deuda que su trabajo tenía con el genio japonés!–. Se publicó un sinfín de ensayos, libros, reseñas y entrevistas.

Treinta películas conforman la herencia del cineasta. Apodado el Emperador, dejó una obra extraordinaria, integrada por filmes de la más alta y honda significación.

¿Los siete samuráis, 1954, es su obra maestra? Es, sobre todo, una lección de vida. Kurosawa retrata seres humanos, conscientes de su mortalidad. Sus samuráis viven para cumplir su código de conducta, que encarna valores universales: honestidad, lealtad, respeto, bondad, rectitud, honor… Amparo a los vulnerables. Sacrificio y austeridad. Defensa a ultranza de la justicia y la paz.

Apasionado por la pintura, lector insaciable, admiraba la filosofía de Hegel. Solía afirmar que era incapaz de entender la filosofía. Sin embargo, cuando debía responder con sutileza a quienes “filosofaban” sobre su “occidentalismo”, recurría al pensador alemán que sostenía que toda reflexión solo llega post festum, es decir, después de que los acontecimientos han ocurrido. Hegel lo expresaba con una metáfora: “La lechuza de Minerva emprende su vuelo tan solo al caer el crepúsculo”. La filosofía, por consiguiente, siempre llega tarde.

Kurosawa desarrolló una técnica propia durante los años 50 del siglo XX. Un lenguaje cinematográfico que introdujo, por ejemplo, el uso de lentes telefoto, convencido de que los actores mejoraban su interpretación cuando la cámara estaba lejos. Multiplicidad de cámaras para registrar una misma escena desde distintos ángulos. Elementos de la naturaleza –lluvia, sol, viento o nieve… reflejo de su pasión por la pintura– como componentes esenciales de la narración. En fin…

Perfeccionista, para recrear la imponente tormenta de otra de sus aclamadas películas, pidió que llenaran sendas tinajas con tinta negra para oscurecer el agua, lo que provocó sequía en toda la zona. Levantó un castillo en las laderas de un monte solo para incendiarlo en el pasaje cumbre de su memorable Caos, 1985.

Vivir, 1952, narra la historia de un veterano funcionario público, hastiado de la invariabilidad de su trabajo. Cuando conoce que tiene cáncer, decide otorgar sentido y color a su vida. Entonces una idea, que a los demás resulta descabellada, transforma su existencia: construir un parque infantil. Lo que para un modesto empleado parece algo imposible se convierte en una lucha contra los laberintos de la burocracia y la indiferencia.

En la escena clímax del filme, el viejo aparece meciéndose lenta, levemente, sobre la nieve, sentado en el columpio del parque infantil que logró construir. Canturreando, sonriente, espera su ineluctable final –nadie sabe si lo ha aceptado–. Vívida imagen del frágil hilo sobre el cual los humanos sobrellevamos –ignorando u omitiendo– el oscilar sempiterno del tiempo que nos arrastra hacia el final.

“A caballo en el quicio del mundo/ un soñador jugaba al sí y al no/ … Cabalgaba el soñador/ pájaros arlequines/ cantan el sí, cantan el no”… (G. D.)