Marco Antonio Rodríguez

Pazos y su palabra

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Martes 07 de enero 2020

“Caspicara olvidó que la muerte es rígida/ y labró ese Cristo blando como una hoja en regazo de su madre./ Brillan las superficies encarnadas de este cuerpo./ Caspicara olvidó que la piel de los muertos/ se torna blanca y serosa”.

Memoria y ofrenda, sosiego y temblor, asedio de la niñez en su comarca originaria, el paisaje y los sabores aprendidos; gentes que pasan ante sus ojos ávidos; caminos y libros, la vida, el amor y la muerte sin finales, la soledad radical del poeta: la palabra de Julio Pazos (Baños de Agua Santa, 1944).

La palabra en Pazos canta, danza, clama y calla, sonríe y solloza, muda su piel, simula, acecha y arrebata ciudades y personajes, edades, tiempos del amar y del morir, es decir, escritura de un fresco del terrible y precioso territorio de la vida.

La palabra de Pazos: la de una criatura que encuentra el tesoro anhelado, pero, al asirlo, constata que entre sus manos solo queda cera y pabilo, y sigue, acezante, su erranza: “Llegamos al lugar,/ siempre con el recelo de la finitud./ Que no te asusten ánforas funerarias dispuestas en interminables/ galerías entregadas a las amargas sustancias de los ancestros./ Caminamos.
Siempre con el consuelo de otras palabras”.

El destino de la poesía de Pazos: arar y orar. “¿Adónde ir con las palabras?/ Si las hacemos lluvia/ irán a las flores lacres de las achiras;/ si las convertimos en polvo/ irán, suavemente,/ a los caminos”. El acto de escribir se resuelve en un lugar fronterizo que trasluce una subversión apremiante. Mallarmé descubrió en este vestigio un sendero que se rompe en dos: la nada y su propia muerte. “¡Tan poco tiempo del corto tiempo de la vida/ para los acontecimientos del amor!/ No vaya a ser que estas hipérboles se evaporen lejos de ti,/ cuando el viento definitivo/ riegue su arena en el silencio”.

El tiempo antes de nosotros es infinito, después, inagotable. Lo íntimo en la poesía de Pazos es la expresión, una feliz reminiscencia artesanal se vislumbra en su urdimbre. Este ser íntimo deriva en celada para asombrarnos: “La tierra pone ante los ojos:/ una mujer,/ el agua de panela,/ la sangre fría que puede ser una sorpresa,/ el arroz blanco y sobre todo el peso de la vida,/ el incesante, gozoso e inexplicable peso de la vida”.

La blancura y la oscuridad sonora de la condición humana. Amores y muertes que sobrellevamos. Cómo hacer concordar este plural. Esta pregunta se escucha como sonidos de quena: “… con labios de achicoria/ opero en la sombra amiga,/ porque todos caminamos hasta el límite/ donde ausente las campanas/ nos quedamos jugando con los dedos/ y ajenos,/ hasta del propio polvo,/ distantes y ajenos”.

Va y viene el poeta por el centro de Quito, orondo, sonreído, apasionado, junto a sus discípulos. Comparte las historias de iglesias, altares, retablos, portones, piedras; mientras, dentro de él, el duende luminoso de su palabra le hace carantoñas para que vuelva aprisa a su oficio.

Columnista invitado