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Alboreaban los 60 del siglo XX. Quito era un laberinto de piedra que se replegaba en sus propias entrañas, nadie la imaginaba en horizonte. Disipadas las discordias literarias entre Tzántzicos y Caminos (los primeros antisistema, los otros tradicionalistas), los Caminos buscaron cobijo en una especie de sótano que hacía las veces de bar frente al Teatro Bolívar.
El Zaguán de Caminos lo llamó Enrique Noboa Arízaga, visitante asiduo de Caminos. En ese Zaguán conocí a César Dávila Andrade y a Hugo Salazar Tamariz (Cuenca, 1923-Guayaquil, 1999) –los dos unidos por el silencio–, quienes aparecían de tarde en tarde en la bruma de bohemia y olvido del lugar.
Su palabra viva e incisiva
En 1959 diario El Universo convocó al concurso Ismael Pérez Pazmiño. El triunfador fue Hugo Salazar Tamariz con su Sinfonía de los antepasados. El segundo premio se concedió a Boletín y elegía de las mitas de César Dávila Andrade y el tercero a Caballo en desnudo de Hugo Mayo.
Mediana estatura, delgado, rostro anguloso, piel atezada por el sol, mirada sombría –un violinista atrapado en su propia melodía–, Salazar Tamariz lucía discreto y silencioso, pero cuando hablaba nadie podía contenerlo, lo hacía con pasión volcánica, persistiendo en su activismo de izquierda radical.
Desde que emergió la revolución tuvo dos anclajes: transformación devenida de la razón y transformación concebida como hecho prodigioso. Realidad y mito. Ruptura con el pasado y fundación de un sistema opuesto al anterior. El tiempo de Salazar Tamariz fue el del desborde de las utopías y Pablo Neruda se tornó referente poético y humano.
En 2008 la Casa de la Cultura Ecuatoriana publicó la poesía completa del escritor cuencano en su Colección Memoria de Vida. Y su palabra viva, incisiva, densa como una hierba aromática, resiste los años transcurridos y los gustos cambiantes.
En El habitante amenazado, 1955, el poeta explora nuestros orígenes. Rastrea en el ayer buscando de qué asirse. Su voz es la de nuestros padres redivivos. La orfandad reclama reconocimiento. Ellos fueron tierra, nosotros –los mestizos– también lo somos. Escisión del ser: madre violada y padre desertor. ¿Hijos de la culpa?
“Somos un pueblo antiguo,/ viejo como la miel,/ como la sombra,/ como las altas hojas que,/ de lejos,/ nadie nos diría seres sino topografía”… “Zurcidos a la tierra hemos estado siglos azules y amargos siglos”…
¡Madre tierra. Madre del universo y del tiempo. Pachamama! “Yo soy el que araña en el agua/ y los pechos erectos,/ el que no prueba el alimento/ y se iguala al insecto/ al rugido/ al frío/ y a la tierra fidelísima”.
Salazar Tamariz tiende al poema largo, el que no solo se lee, sino que se habita y posee una geografía de la palabra que expande los límites reales. Obra que prescinde de artificios, su belleza radica en la honestidad de su imperfección y en la altura de su voz.
“Él era un hombre/ con bolsillos vacíos/ con una historia desnuda como un cirio…/ Se hizo íntimo amigo del cacao/ de una mujer/ con lágrimas/ de una columna trunca”…
En el sermón de la montaña Jesús ofrece el Reino de los Cielos a los “elegidos”: los que lloran, los hambrientos, los pobres de solemnidad… El poeta hila su palabra para tejer una plegaria por los desposeídos del mundo. “Solamente la muerte/ no endureció ni falseó/ su tenue hogar/ y sin embargo/ él/ fue el preferido/ en el Sermón de la Montaña”.
Evoqué los días del poeta sazonados por los vientos de lo imposible. Para decirlo sin eufemismos: la revolución. ¿Por qué imposible? Por la inapelable sentencia de la historia. Los dogmas, los altares y los credos son efluvios del absoluto, bocanadas de humo.
Su poema El hombre es una de las piezas más celebradas y difundidas de la lírica ecuatoriana. Fue convertido en himno del Movimiento Estudiantil de México de 1968. Rebelión y denuncia contra la represión del poder y el autoritarismo estatal. En la línea de desgarramiento existencial de Vallejo y en la denunciatoria de Neruda, El hombre de Salazar Tamariz es lo más logrado de su creación poética.
El tiempo triza las imágenes del pasado y el presente nos devuelve en un espejo deformante, pero en el fondo de la mirada queda una cicatriz fija que no sabe mentir. Imagino al poeta herido por la muerte de su hermano gemelo Dávila Andrade: “Él se mojó,/ de noche,/ en lo distinto/ y contó con sus dedos/ las paredes/ mientras el esqueleto le crujía/ como el casco de un barco/ ingobernable”…
Y mientras escribo este texto golpea mi memoria la sentencia de Gabriel Celaya: “La poesía es un arma cargada de futuro”. El poeta debe rehundir sus manos y mancillarlas en el corazón del ser y del mundo para humanizarnos. ¿Llegará ese día?
“Hay/ que pegarle al hombre/ darle duro/ con algo duro/ ímprobo/ tremendo/ para que diga:/ sí/ acepto/ estoy conforme”…