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Las lluvias y granizadas del 4 y 7 de octubre dejaron escenas que Quito conoce: pasos deprimidos cubiertos de agua, autos atrapados, vías cerradas, granizo acumulado durante horas y edificios afectados. Pero reducir esos episodios a imágenes curiosas sería perder la pregunta importante: ¿qué dicen sobre la capacidad de la ciudad para soportar eventos más intensos?
El 4 de octubre fue excepcional. En Cotocollao se registraron 76,3 milímetros de lluvia en 24 horas y 29,6 en una sola hora, los valores más altos para ese período desde 2004.
La estación El Labrador del Metro se inundó, un bus y vehículos quedaron atrapados y parte del techo de un centro comercial colapsó. Tres días después, otra tormenta cubrió sectores del centro-norte con granizo. En el paso deprimido de Atahualpa y 10 de Agosto se acumularon unos 350 metros cúbicos y hasta 80 centímetros de hielo.
¿Demuestra esto que Quito carece de preparación? No necesariamente.
El Municipio tiene un Plan Lluvias 2026-2027 con una inversión de 9,66 millones de dólares. Epmaps reportó 179 006 sumideros limpiados hasta el 2 de octubre, 230 intervenciones en estructuras de captación de quebradas y casi 20 000 metros cúbicos de material retirado. Después de ambas tormentas hubo despliegue de maquinaria, bomberos, agentes de tránsito y cuadrillas durante varias horas. El 7 de octubre, Epmaps sostuvo además que el sistema de alcantarillado permanecía operativo.
Esos datos impiden sostener que no hubo prevención. También impiden concluir que todo funcionó suficientemente bien.
Una infraestructura puede estar mantenida y aun así resultar sobrepasada por una precipitación extraordinaria o por una masa de granizo que tapa temporalmente los sumideros. Precisamente por eso cada evento debe convertirse en una auditoría técnica: qué puntos fallaron, cuáles resistieron, cuánto tardó en drenar el agua, qué capacidad tienen colectores y pasos deprimidos, dónde se concentra la escorrentía y qué obras necesitan rediseño.
El caso de El Labrador merece esa revisión. Una estación de transporte masivo no puede considerar normal que una tormenta obligue a evacuar agua de sus instalaciones. Tampoco debería aceptarse como inevitable que los mismos pasos deprimidos aparezcan recurrentemente entre los puntos críticos. Expertos consultados después del episodio del 4 de octubre advirtieron que las condiciones de drenaje y la vulnerabilidad de la zona pueden hacer que una inundación vuelva a producirse.
La preparación debe medirse antes y después de la emergencia. Antes, con limpieza, mantenimiento, alertas y obras. Después, con información pública, correcciones y prioridades presupuestarias sustentadas en evidencia.
Además, Quito no recibe la lluvia de forma uniforme. Mientras un sector enfrenta granizo intenso, otro puede permanecer seco. Esa variabilidad exige planificación por microcuencas y puntos críticos, no por promedios generales. En el país ocurre algo similar: las previsiones actuales combinan tormentas en determinados sectores con niveles altos o extremos de radiación en otros.
Quito no puede diseñar su prevención para la tormenta promedio si los eventos extraordinarios son los que producen los mayores daños.
Las jornadas de octubre no prueban por sí solas que el drenaje de la ciudad haya fracasado. Sí ofrecen una prueba real de estrés. La respuesta responsable es usarla para saber qué infraestructura quedó corta antes de que llegue una tormenta todavía mayor. Y actuar antes de comprobarlo tarde.