El Bicentenario y su esencia

Quito necesita mejorar su movilidad sin sacrificar el Parque Bicentenario. Las nuevas vías exigen estudios, transparencia y diálogo.

Sebastián Beccacece fue entrenador de Ecuador desde agosto de 2024 hasta julio de 2026.

Quito necesita mejorar su conectividad vial, pero también proteger los espacios públicos que elevan la calidad de vida de sus habitantes. La propuesta municipal para prolongar las avenidas Amazonas y Real Audiencia, además de la calle Rafael Aulestia, plantea precisamente esa compleja discusión: cómo responder a las necesidades de movilidad sin desnaturalizar el Parque Bicentenario.

El proyecto busca crear tres conexiones entre la avenida Galo Plaza Lasso y la calle Luis Tufiño. La más extensa sería la prolongación de la avenida Amazonas, con aproximadamente 2,2 kilómetros desde el Centro de Convenciones Metropolitano. La Real Audiencia avanzaría 920 metros y la Rafael Aulestia, cerca de 1,5 kilómetros.

La iniciativa podría contribuir a descongestionar algunas vías del norte de Quito y completar el anillo vial previsto para este sector. Esa finalidad es legítima. La capital arrastra durante décadas las consecuencias de una planificación fragmentada, de obras inconclusas y de un crecimiento urbano que ocurrió con mayor velocidad que la capacidad de respuesta de las autoridades.

‘Planificar significa resolver las necesidades presentes sin hipotecar el bienestar de las siguientes generaciones. El desafío consiste en demostrar que estas prolongaciones conectarán a Quito sin partir el parque ni arrebatarle su esencia’.

Sin embargo, no se puede tratar al Parque Bicentenario, el segundo espacio verde más grande la capital, como un terreno disponible para resolver las deficiencias acumuladas de la red vial. Este espacio nació después del traslado del antiguo aeropuerto Mariscal Sucre y representa una oportunidad excepcional para una ciudad que todavía presenta un déficit de áreas verdes, recreativas y de encuentro ciudadano.

El diseño preliminar contempla cuatro carriles para vehículos, estacionamientos, un parterre central, una ciclovía y un bulevar junto al parque. La inclusión de infraestructura peatonal y ciclista es positiva, pero no elimina las dudas sobre el impacto de las vías, el ruido, la contaminación, la seguridad de quienes utilizan el parque y la posible fragmentación de sus espacios.

El debate tampoco puede reducirse a escoger entre movilidad y naturaleza. Quito necesita ambas. La cuestión central consiste en determinar si el proyecto responde a un modelo urbano sostenible o si vuelve a privilegiar al automóvil como principal ordenador de la ciudad. La experiencia demuestra que abrir más carriles no siempre resuelve la congestión: con frecuencia genera nueva demanda vehicular y traslada el problema hacia otros sectores.

Por ello, el Municipio debe socializar los estudios técnicos, ambientales y de movilidad que sustentan la propuesta. Este proceso no puede convertirse en un trámite destinado únicamente a legitimar una resolución adoptada de antemano, tiene que ser una decisión conjunta entre el Municipio y la comunidad.

Los habitantes tienen derecho a conocer y discutir el futuro de uno de los principales espacios públicos de Quito. El proceso exige transparencia, participación ciudadana y una evaluación independiente de sus consecuencias.

La ciudad requiere conexiones eficientes, transporte público integrado, ciclovías seguras y recorridos peatonales continuos. Pero ninguna obra puede justificarse solamente por la promesa de reducir algunos minutos de viaje. El Parque Bicentenario constituye un patrimonio urbano que debe consolidarse, no una reserva de suelo para futuras avenidas.

Planificar significa resolver las necesidades presentes sin hipotecar el bienestar de las siguientes generaciones. El desafío consiste en demostrar que estas prolongaciones conectarán a Quito sin partir el parque ni arrebatarle su esencia.