Cuando la seguridad se convierte en vigilancia

La investigación sobre presunto espionaje en Guayaquil pone a prueba los límites entre seguridad pública y democracia.

Sebastián Beccacece es entrenador de la Selección de Ecuador desde agosto de 2024.

Las cámaras de videovigilancia llegaron a las ciudades con una promesa simple: proteger a los ciudadanos. Su expansión se justificó en la necesidad de combatir la delincuencia, mejorar la capacidad de respuesta ante emergencias y fortalecer la seguridad pública. Sin embargo, cuando los sistemas creados para proteger terminan siendo señalados como herramientas de vigilancia política, la discusión deja de ser tecnológica y se convierte en un problema democrático.

La decisión de la Asamblea Nacional de investigar presuntas irregularidades en el manejo de los sistemas de videovigilancia de Guayaquil constituye un paso necesario. No porque existan todavía conclusiones definitivas, sino porque las denuncias son lo suficientemente graves como para exigir una respuesta institucional transparente y rigurosa.

La aprobación unánime de la investigación, con 143 votos favorables, refleja que el tema trasciende las diferencias partidistas. Lo que está en juego no es únicamente la gestión de una empresa pública municipal, sino la confianza ciudadana en herramientas que forman parte de la vida cotidiana de miles de personas.

‘La vigilancia solo puede justificarse cuando responde a objetivos legítimos, se encuentra sometida a controles y respeta el marco legal vigente’.

Las acusaciones surgieron tras la difusión de audios que, según los denunciantes, evidenciarían el uso de recursos estatales para actividades de seguimiento político. De confirmarse estos hechos, el país estaría frente a una situación preocupante: la utilización de infraestructura financiada con recursos públicos para fines ajenos a la seguridad ciudadana.

Toda democracia enfrenta una tensión permanente entre seguridad y libertad. Los ciudadanos aceptan que el Estado disponga de mecanismos de control porque entiende que estos buscan proteger derechos fundamentales. Pero ese consentimiento tiene límites. La vigilancia solo puede justificarse cuando responde a objetivos legítimos, se encuentra sometida a controles y respeta el marco legal vigente.

Cuando una cámara instalada para prevenir delitos termina siendo utilizada para observar adversarios políticos, el contrato de confianza entre ciudadanía e instituciones comienza a resquebrajarse. El problema no radica únicamente en quién accede a la información, sino en la posibilidad de que el poder público utilice herramientas de seguridad para influir en la competencia política o intimidar a quienes piensan distinto.

Por ello resulta importante que la Comisión de Seguridad Integral disponga de facultades para solicitar documentación, convocar autoridades y examinar los protocolos de acceso a los sistemas investigados. También es pertinente que la Contraloría y la Fiscalía participen desde sus respectivas competencias.

La discusión, sin embargo, no debería terminar cuando concluya el informe parlamentario dentro de 60 días. Ecuador necesita avanzar hacia mecanismos más robustos de control, auditoría y transparencia sobre el uso de tecnologías de vigilancia. La expansión de cámaras, bases de datos y sistemas de monitoreo exige instituciones capaces de garantizar que esos recursos sirvan a los ciudadanos y no a intereses políticos circunstanciales.

La seguridad es un derecho. La privacidad también. Una democracia sana no debe obligar a elegir entre una y otra. Su desafío consiste precisamente en proteger ambas al mismo tiempo.