
Quito vuelve a llegar a una elección municipal con una oferta dispersa. Al cierre de inscripciones del 17 de agosto, la Delegación Provincial Electoral de Pichincha registró 10 postulaciones para la Alcaldía. Todavía falta la revisión, las objeciones, las impugnaciones y que las resoluciones queden en firme. Pero, incluso antes de conocer la papeleta definitiva, el número confirma una tendencia que la ciudad conoce demasiado bien.
En las cinco elecciones anteriores, Quito acumuló 56 candidatos a alcalde. En 2019 compitieron 18 y Jorge Yunda ganó con el 21,39% de los votos. En 2023 hubo 12 y Pabel Muñoz obtuvo el 25,18%. La legislación ecuatoriana es clara: para la Alcaldía se proclama ganador a quien obtenga el mayor número de votos. No existe segunda vuelta ni se exige una mayoría absoluta.
Es legal. Es democrático. Pero eso no elimina el problema político.
La fragmentación no vuelve ilegítimo al ganador ni condena automáticamente a una administración al fracaso.
Gobernar depende también del Concejo Metropolitano, de la capacidad de construir acuerdos, de la calidad técnica de los equipos y de la relación con ciudadanos y sectores organizados. Sin embargo, comenzar un mandato respaldado por una minoría relativa obliga a construir después la mayoría que las urnas no entregaron.
Ese esfuerzo importa en una ciudad que necesita decisiones difíciles.
El transporte público es un ejemplo. Quito lleva años discutiendo tarifas, calidad del servicio, frecuencias, seguridad, estado de las unidades y modelo de gestión.
En 2026, Municipio y transportistas volvieron a instalar mesas técnicas y acordaron cambios que todavía requieren implementación. Cualquier reforma profunda exige negociar con operadores, enfrentar intereses sectoriales, obtener respaldo político y sostener decisiones que no siempre serán populares.
Una autoridad con amplio apoyo ciudadano no queda libre de esas tensiones, pero dispone de un capital político mayor para enfrentarlas. Una elección excesivamente atomizada puede reducir ese margen desde el primer día.
La pregunta, entonces, no debería ser si diez personas tienen derecho a competir. Lo tienen. La cuestión es qué revela una oferta que vuelve a multiplicarse mientras los problemas estructurales de Quito permanecen.
Los partidos y movimientos también deberían preguntarse si su tarea consiste únicamente en presentar candidatos o en construir proyectos de ciudad capaces de sumar sectores distintos. Una papeleta extensa puede expresar pluralidad, pero también debilidad partidaria, personalismo y dificultad para alcanzar acuerdos antes de pedir el voto.
También hay una responsabilidad ciudadana que no consiste en resignarse a escoger entre nombres.
La campaña debería servir para exigir planes comparables, equipos identificables, prioridades presupuestarias y posiciones claras sobre movilidad, seguridad, suelo, vivienda y espacio público. Sin ese contraste, la abundancia de candidaturas puede terminar produciendo menos información, no más útil.
Quito tendrá un ganador el 29 de noviembre. El reto será saber con cuánto respaldo llegará y qué capacidad tendrá para ampliarlo. La ciudad no necesita menos opciones por decreto. Necesita una política capaz de construir coincidencias antes y después de las elecciones.
La fragmentación es democrática. Convertirla en gobernabilidad es responsabilidad de quienes aspiran a dirigir Quito.
