Diego Araujo Sánchez

Crimen político, no pasional

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Martes 13 de agosto 2019

El 6 de agosto se conmemoraron 144 años del asesinato a Gabriel García Moreno. Sin embargo, no se despejan todos los enigmas en torno al crimen. Faustino Rayo lo atacó a machetazos; dispararon contra el Presidente Manuel Cornejo y Roberto Andrade, los jóvenes liberales que habían leído “La dictadura perpetua”, la diatriba de Montalvo que les movió al magnicidio. Actuaron junto a ellos Abelardo Moncayo y, algo más lejos durante el crimen, Manuel Polanco, que juntó los hilos de las conspiraciones. Menos conocidos son los papeles de Juana Terrazas, del comandante Francisco Sánchez y del general Francisco Javier Salazar, ministro de Guerra de García Moreno. Terrazas jugó papel protagónico. Tanto que confesó: “Yo lo hice todo con estas polleras y este cuerpo que se han de comer los gusanos”. Amante de Moncayo, sirvió de nexo entre los jóvenes y Sánchez, segundo en el cuartel junto al Palacio de Gobierno. Este prometió el apoyo militar a condición de que dieran muerte al mandatario. Decepcionada por la traición, Juana acompañó finalmente a Polanco. Andrade se confesó autor de la idea de matar a García Moreno a la luz del día; pero tanto él, como Polanco, acusaron a Salazar y Sánchez de actuar entre bastidores.

Según testimonio de Miguel Valverde, Polanco se inculpó poco antes de morir de obrar en connivencia con el Ministro de Guerra y Sánchez; y endilgó a los dos la autoría intelectual, y a Rayo y los jóvenes liberales, el papel de instrumentos del asesinato.

Otro enigma es la intervención de la masonería: ¿metieron sus manos las logias, como denunció García Moreno en carta a Pío IX?

El estudio de Enrique Ayala, en “El poder y la muerte, crímenes políticos en la historia ecuatoriana, 1830-1859”, evidencia que ese asesinato fue un crimen político urdido en los círculos del poder. Mucho daño ha hecho transformarlo en crimen pasional. La versión de que García Moreno había intentado seducir a la mujer de Rayo surgió 40 años después. Nunca se la mencionó durante el juicio. Andrade la atribuyó al testimonio del hijo del encargado de Negocios de Francia en Quito en el periodo garciano, aunque aclara que la esposa de Rayo fue una persona de gran entereza y fidelidad.

Laura Pérez de Oleas escribió “El crimen pasional de Faustino Rayo”, relato muy opuesto a los datos históricos e incorporó la descabellada sospecha de que Faustino Rayo Carpio, nacido en diciembre de 1874, quien permanecía en su vejez en el hospicio de Quito, habría sido hijo del Presidente. Esa leyenda asegura que Rayo se mantuvo confinado en el Oriente y solo regresó a Quito dos días antes para comprobar la infidelidad y consumar el crimen. Pero el asesino permaneció en Quito, prohibido de viajar a Napo desde 1871, a pesar de su reiterado pedido, al gobierno para regresar.