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Martes 21 de noviembre 2017

Desperdiciamos sin fin la inteligencia y sensibilidad de niños y jóvenes, a manos de maestros y profesores mal formados; la falta de rumbo ético para los educandos, la carencia de ejemplos hacen de la educación, capítulo esencial de nuestra subsistencia social, el más trágico de cuantos constituyen el presente del Ecuador.El mayor ámbito de descomposición en nuestra patria se halla en la educación; en él se dilapida, se roba y se traiciona al único ‘capital’ del que dependen el presente y el futuro del país, esa suerte de fortuna que, llamamos ‘talento humano’.

Una penosísima mayoría de maestros ignorantes, de rectores y rectoras distantes, intratables en su pequeño poder, cínicos; de autoridades improvisadas, de programas inexistentes, de gastos que atienden a todo, menos a la auténtica preocupación por la enseñanza y el aprendizaje; de ‘capacitaciones’ y ‘recapatizaciones’ millonarias, para ‘enseñar’ a maestros y profesores en módulos de treinta horas lo que no aprendieron en toda su vida. El educativo es espacio de desperdicio y despojo de lo más valioso y prometedor de nuestra patria. ¡Cómo no constatarlo con enorme pena!

Cada día descubrimos que la realidad supera la indignidad que conocemos y la que imaginamos. No hay fantasía que se acerque a intuir los horrores de que nos colma el ‘adentro’ de la realidad ‘educativa’… ¿Escuelas y colegios dignos?, los hay, pero, como en todo, la desgracia se ceba en los más, que son los más pobres…
Hoy sabemos que cientos de nuestros niños son violados en escuelas y colegios, entre el silencio –que es anuencia y consentimiento- de malhadadas autoridades. Nuestros niños ¡privados de su infancia!, esquilmados, yermos. Los recuerdos de alegría, de libertad y juego, perdidos, hasta el fin.

El ‘más escondido de los maltratos’ los amenaza desde el poder de rapaces sexuales que son tantos de sus dómines… (Ahorrémonos aquí el horror de estas experiencias cuando ocurren dentro de la propia familia). Las marcas emocionales que tales abusos dejan en nuestros niños y que, cuanto más antiguas, son más difíciles de tratar, resultan imborrables; perturbaciones silenciosas, sentimientos de culpabilidad, angustia, miedo; odio, repugnancia y otra vez turbación, desconfianza en todo, en todos; y esto, en secreto, en la angustia por callar o por hablar…

Las consecuencias psicológicas de tales experiencias perduran, y configuran, en la edad adulta, desadaptación, inseguridad y otra vez miedo, cuando no vuelven de víctimas en victimarios, a esos mismos niños o adolescentes, en cadena sin fin. Si la víctima parece no desarrollar problemas durante la infancia, estos aparecen, en tantos casos, como problemas nuevos en la adultez.

Una vez más, las autoridades que deberían explicar al país tantos silencios –cuando menos- se saben y se sienten protegidos por las espantosas ‘comisiones’ de borregos del asambleario que sufrimos…¿¡Hasta cuándo!?