Alexandra Kennedy-Troya

El Carchi más allá de Carapaz

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Sábado 22 de junio 2019

Este es de aquellos artículos que uno escribe desde el estómago. Siguiendo la ruta de Carapaz, aunque no inicialmente por él y sus triunfos deportivos, hicimos un viaje de reconocimiento de Carchi, una provincia relativamente olvidada y pobre. La prensa la ha envuelto de una imagen de peligrosidad fronteriza y contrabando, paso de cientos de venezolanos cuya entrada libre al Perú terminó cuando llegamos.

Desde el inicio no deja de sorprender la limpieza y cuidado de los campos, cultivados ordenadamente, colindando con parques nacionales –como la reserva ecológica de El Ángel- o el corredor de frailejones que va desde esta provincia hasta Venezuela y que tanto llamó la atención de Humboldt.

Una extraordinaria por “bizarra” escultura que honra al frailejón, es digna de verse en el pueblo de La Libertad. Hay un apego indiscutible al campo, al cultivo no solo de papa capiro o única, cebolla roja y larga, o su industria láctea, sino de flora. Desde las experiencias privadas como aquella de Huaca y el “Rincón de las orquídeas” (y bromelias, helechos y demás) de Edmundo Corral, un destacado paisajista y albañil de la zona, hasta la pequeña reserva de los vetustos arrayanes al costado de Santa Marta de Cuba. Este hermoso pueblo alberga en su plaza central un verdadero e inesperado jardín botánico donde se han reunido decenas de especies nativas; cada pueblo tiene, además, su guía local. El impecable centenario cementerio de Tulcán, conjuga las 309 esculturas verdes con la disposición de tumbas y túmulos mayormente organizadas según la composición de los gremios. Siete jardineros podan y retocan incesantemente las esculturas de dioses americanos precolombinos, tortugas o escenas bíblicas.

Y así la labor del representante del ministerio de medio ambiente y activista social, Alvaro Mantilla, es crucial en la conservación de las especies y la tala ilegal de árboles a la que se trata de controlar...

También encontramos un culto especial a la arqueología y a un coleccionismo primario que hace que muchas piezas pasto o quillasinga se mantengan aún en manos privadas o se dispongan pequeños museos que no distinguen el original de la copia (Polylepis cerca de El Ángel).

Sorprende encontrarse -a boca de jarro- con un pequeño museo en Bolívar dedicado al descubrimiento, hace ya años, de un mamut. O entrar en un pueblo como San Gabriel, un gran ejemplo de arquitectura de fines del siglo XIX y principios del XX, declarado patrimonio de la nación, en el cantón que colinda con Colombia.
Sin embargo, un conversatorio con miembros del colectivo Quinde de Barro en Tulcán deja ver que no se puede vivir del entusiasmo, hace falta fuentes de trabajo, reconocimiento de los pasos dados y apoyo del Estado. ¿Hasta cuando el abandono?