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José Mujica, expresidente de Uruguay, mantuvo un vínculo especial con su perra Manuela.
Esta compañera inseparable lo acompañó durante casi dos décadas e incluso marcó uno de sus últimos deseos.
Manuela, una perra sin pedigrí y con solo tres patas, fue para José Mujica y su esposa, la exvicepresidenta Lucía Topolansky, la integrante más fiel de su entorno.
Manuela llegó a la familia Mujica a través de la hermana de Topolansky, en una quinta de Paysandú.
La perra perdió una de sus patas tras un accidente en la chacra familiar de Rincón del Cerro. Sucedió cuando acompañaba a Mujica en sus tareas rurales.
Según relató Topolansky, Manuela fue perseguida por otros perros y, al intentar escapar, terminó debajo del tractor que Mujica conducía.
Aunque el exmandatario intentó frenar, no pudo evitar atropellarla, lo que le causó una grave lesión en una pata que luego fue parcialmente mordida por otra perra.
A pesar de esta discapacidad, Manuela continuó siendo una presencia constante y querida en la vida del matrimonio.
El expresidente la consideraba la “reina de la casa” y le permitía estar dentro del hogar y dormir junto a ellos. La perra incluso participaba en los viajes a la estancia presidencial de Colonia Anchorena.
Durante el mandato presidencial de Mujica, Manuela se volvió una figura conocida, apareciendo en eventos oficiales, reuniones diplomáticas y actos sociales.
Su imagen se convirtió en un símbolo de la sencillez y humanidad del expresidente.
Manuela fue testigo de momentos históricos y acompañó a Mujica en su vida pública y privada hasta su fallecimiento en junio de 2018, a los 22 años, una edad excepcional para un perro.
El amor de Mujica por Manuela fue tan profundo que expresó públicamente su deseo de ser enterrado junto a ella en la chacra del Rincón del Cerro.
En diversas entrevistas, el exmandatario afirmó que, tras su muerte, quería que sus cenizas se esparcieran en el mismo lugar donde descansan las de su perra.