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El debate sobre la ética digital, los deepfakes y el uso responsable de la tecnología se vuelve prioritario para ciudadanos, empresas… en un contexto global marcado por el avance acelerado de la inteligencia artificial.
Efrén Ortiz, experto en IA, catedrático universitario y consultor empresarial en marketing y transformación digital, señala que “el problema no es la tecnología, sino el uso que hacemos de ella”.
Para Ortiz, el verdadero desafío no es técnico, sino cultural, y está directamente vinculado a la forma en que adoptamos las herramientas digitales en la vida cotidiana y en la gestión empresarial.
Las plataformas de inteligencia artificial generativa han avanzado hasta el punto de crear imágenes, videos y audios prácticamente indistinguibles de la realidad.
Este salto tecnológico, clave en la transformación digital, abre un debate profundo sobre regulación, responsabilidad y confianza online.
x“Siempre existirá alguien que intente utilizar la tecnología para engañar”, sostiene Ortiz.
Sin embargo, aclara que la tecnología carece de intención moral. “La IA no decide mentir; es el ser humano quien determina si la usa con transparencia o con fines engañosos”. En el ecosistema de marketing digital con IA, automatización empresarial y producción audiovisual, el riesgo no está en la herramienta, sino en el propósito.
Para explicar el momento actual de la inteligencia artificial, Ortiz recurre a un paralelismo con la banca digital y la banca móvil. Cuando comenzaron las transacciones en línea, predominaba el temor al fraude, al robo de contraseñas y a los ataques cibernéticos.
“En ese momento, la sociedad desarrolló criterios para confiar”, explica Ortiz. El candado en el navegador, los protocolos verificados y los dominios oficiales se convirtieron en señales de seguridad. Con el tiempo, los usuarios adquirieron alfabetización digital para distinguir plataformas confiables.
Hoy ocurre algo similar con los contenidos generados por IA. “La diferencia es que la velocidad del cambio ha sido tan acelerada que no hemos tenido tiempo suficiente para educarnos”, advierte Ortiz. Esta brecha impacta tanto en consumidores como en marcas y medios de comunicación.
En el ámbito corporativo, el uso de herramientas de inteligencia artificial en marketing, publicidad y comunicación digital ya es parte de la estrategia habitual. Generar imágenes atractivas o escenarios virtuales para representar productos no es negativo en sí mismo.
“El problema surge cuando esas capacidades generativas se emplean con la intención de falsear la realidad”, señala Ortiz. Por ello insiste en la importancia de la transparencia empresarial. Si un anuncio o video fue creado con inteligencia artificial, debe indicarse claramente.
“Si no existe transparencia, el consumidor queda desprotegido”, afirma. La confianza digital, uno de los activos más valiosos para las marcas, se construye con información clara sobre el origen del contenido.
La desinformación y las noticias falsas representan otro frente crítico. En un entorno de consumo rápido de contenido, las emociones suelen imponerse a la verificación. “Compartimos antes de reflexionar”, advierte Ortiz.
Cuando una historia impactante circula en redes sociales —por ejemplo, una denuncia empresarial— puede generar indignación inmediata. “Si los medios replican información sin aplicar procesos rigurosos de fact-checking, el problema se multiplica”.
Para el experto en transformación digital, el ciudadano debe formular preguntas básicas: ¿de dónde viene la información?, ¿la fuente es confiable?, ¿ha sido verificada por portales especializados? “Si una noticia genera emociones extremas como ira o miedo, ya es una señal de alerta”, añade.
El concepto de deepfake no se limita a algo falso. Técnicamente implica el uso de modelos de aprendizaje profundo o deep learning que analizan datos —imágenes, voz y video— a nivel de píxeles y patrones complejos.
“El modelo aprende cómo se mueven los labios, cómo se reflejan las luces y cómo se modula la voz”, explica Ortiz. Posteriormente puede reproducir esos patrones con alto realismo. Comprender este funcionamiento técnico permite desarrollar pensamiento crítico frente a posibles manipulaciones.
Aunque la tecnología evoluciona rápidamente, Ortiz indica que aún existen indicios que pueden alertar sobre contenido generado o manipulado con inteligencia artificial.
En imágenes pueden aparecer fondos desenfocados de forma antinatural, manos con deformaciones o inconsistencias en reflejos y sombras. En videos, expresiones rígidas o fallas en sincronización labial. En audio, ausencia de respiración natural o entonaciones robóticas.
“En texto también puede haber pistas, como una redacción excesivamente estructurada en contextos informales”, comenta. No se trata de pruebas definitivas, sino de señales acumulativas que fortalecen la verificación.
El impacto de la inteligencia artificial también alcanza a sectores vulnerables. Se han reportado casos de adultos mayores engañados por perfiles falsos y adolescentes que desarrollaron vínculos emocionales intensos con chatbots.
“Debemos reconocer que la sociedad tiene grupos vulnerables que requieren protección especial”, señala Ortiz. Para él, la ética tecnológica debe considerar estas realidades y exigir responsabilidad a las empresas que desarrollan modelos de IA.
La inteligencia artificial seguirá evolucionando porque aprende de más datos y porque la sociedad impulsa su perfeccionamiento. La pregunta, según Ortiz, no es si debemos frenar la tecnología, sino cuánto estamos haciendo para entenderla.
“Así como aprendimos a identificar señales de seguridad en la banca digital, hoy debemos aprender a verificar fuentes, exigir transparencia y no compartir contenido sin confirmar”, concluye.
La ética en inteligencia artificial no es únicamente un asunto regulatorio. Es un compromiso colectivo que define la calidad de nuestra cultura digital y la confianza en el entorno online.
