Fecha de publicación:
Fecha de modificación:
Algo más de un tercio del padrón electoral ecuatoriano tiene entre 16 y 29 años. Son más de 4,3 millones los jóvenes votantes que, en la consulta popular y el referendo del 16 de noviembre, podrían inclinar el resultado y decidir el futuro de Ecuador. Su peso demográfico es enorme, pero su vínculo con la política es frágil. Descreen de los partidos, se informan por redes y votan más por causas que por ideologías.
De los 13,9 millones de votantes registrados en Ecuador y el exterior, 4,38 millones tienen entre 16 y 29 años, lo que equivale al 31,5% del electorado. Este grupo no solo será decisivo en la consulta, sino también en la orientación política del país durante las próximas décadas. Sin embargo, entre el escepticismo y la sobreexposición digital, su poder no siempre se traduce en participación real.
“Tengo la expectativa de que las personas razonen y voten con conciencia”, dice Ariana Sánchez, de 18 años. No estudia actualmente, se informa por televisión e Instagram y admite que vota “porque toca”. Su generación creció en medio de la inestabilidad política, y aunque no confía en los líderes, mantiene una idea moral del voto como deber cívico, no como entusiasmo.
Ariel Calvopiña, también de 18 años, votó por primera vez cuando tenía entre 16 y 18 años, cuando el voto aún es facultativo. Dice que le interesa “superficialmente” la política. Se informa por televisión y redes, y se preocupa por “la seguridad y las medidas económicas”. No espera transformaciones estructurales, pero cree que es necesario participar.
En el otro extremo, Ana Valentina Falconi, de 24, psicóloga clínica, confiesa que “ya no tiene expectativas de nada”. Ha sido cinco veces parte de mesas electorales, lo que le ha dejado un cansancio tangible: “Me molesta el trámite, pero igual voy a votar”.
Esa mezcla de rutina y apatía es uno de los rasgos más visibles del voto joven. Saben que su voto importa, pero no sienten que cambie nada.
Daniel Santelices, de 26 años, licenciado en Literatura, es frontal: “El arte es político, la vida es política, pero no confío en ningún político. Todo es una pantomima.” Se informa por medios alternativos y cree que la democracia ecuatoriana “no existe mientras haya ignorancia”.
Algo parecido siente Emiliano Páez, de 27, investigador y curador de contenido. Su voto es un acto más reflexivo que esperanzado. “Me interesa cómo se desprestigia lo público, especialmente la educación y la salud.” Su tono final es pesimista: “Tengo tristeza y rabia de la indolencia, ignorancia auto impuesta y apatía de mis pares.”
Son jóvenes críticos y politizados, pero no desde la militancia. Han perdido la fe en los discursos, aunque no renuncian a las causas.
El politólogo César Ulloa, director de Docencia e Investigación de la Universidad de Los Hemisferios, y el profesor Pablo Escandón, coordinador de la maestría en Transmedia de la Universidad Andina Simón Bolívar, coinciden en que los jóvenes no viven la política como sus padres.
“Los jóvenes no son un grupo homogéneo. Tienen un sentido distinto de construir su bienestar. No es una juventud que sacrifica o entra en el martirio o en la heroicidad, sino que más bien quiere vivir”, explica Ulloa.
Escandón lo observa desde la comunicación. “Los jóvenes consumen todo lo que está en redes. No van al sitio web ni al podcast. Si está en TikTok o en Instagram, ahí se quedan”, dice.
Ambos coinciden en que ese cambio ha obligado a los medios a transformar su manera de informar. “Ahora los contenidos son rápidos, puntuales y livianos. Los jóvenes quieren consumir cosas fugaces que desaparecen en el siguiente scroll”, señala Escandón.
Según Ulloa, esta generación se guía por causas —el ambiente, el bienestar emocional, la seguridad— y no por ideologías. “No les interesa la vieja discusión izquierda–derecha. Valoran el autocuidado, la flexibilidad laboral y el equilibrio personal.”
Escandón agrega que los temas que más los movilizan son ambientales, de defensa animal, violencia de género o explotación minera: “Son políticos, pero no partidistas. Ya son parte de su vida cotidiana”.
Para Ulloa, el tiempo se ha convertido en el recurso político más valioso. “No van a perder una hora en una plaza escuchando a alguien que pueden ver resumido en el celular.” Por eso no participan en caravanas ni escuchan cadenas. Prefieren resúmenes, clips o titulares, incluso generados por inteligencia artificial.
Escandón lo confirma desde el análisis mediático. “Todo tiene que ser corto, porque ¿para qué más? Por eso tenemos un presidente joven que dice poco, porque sabe que no hay que decir mucho. Basta con dos o tres frases y el resto lo consumen en redes.”
“Cada grupo crea su comunidad y solo consume lo que coincide con sus creencias. El diferente no existe,” añade Escandón.
Aunque las redes sociales dominan, la televisión no ha desaparecido. Ulloa explica que los jóvenes ya no ven noticieros completos, pero sí consumen los fragmentos que circulan en redes: las frases, las cifras, los titulares de medios con credibilidad. “Los medios tradicionales siguen siendo referentes, pero el formato ha cambiado.”
Escandón complementa: “Ven los noticieros porque los padres los tienen encendidos durante la cena, pero no los siguen completos. Saltan secciones o los miran en el celular.”
A pesar de su aparente desinterés, los jóvenes no votan en el vacío. “Su primer referente político es la familia”, advierte Ulloa. “Muchos construyen su visión política a partir de lo que sus padres cuentan: el correísmo o el anticorreísmo, la memoria de una época.”
Esa herencia familiar se mezcla con el lenguaje emocional de las redes: clips, memes, reels, microhistorias. El resultado es un voto menos ideológico, más afectivo, movido por símbolos, emociones y performance.
El bloque juvenil no solo definirá la consulta del 16 de noviembre. Según Ulloa, es el “bono demográfico determinante” de las próximas décadas. “Antes, los adultos decidían por los jóvenes. Hoy, los jóvenes decidirán por los adultos, los ancianos y los niños.”
Lo harán desde sus causas, su velocidad y su desconfianza, pero también desde la necesidad de sentirse parte de algo. Son una generación que consume política como consume información: breve, directa y emocional. Una generación que no milita, pero observa, comenta y decide.
