
El racismo en el Mundial 2026 volvió dentro y fuera de la cancha de fútbol. Aunque muchos lo daban por superado desde las luchas por los derechos civiles de los años 60. En Ecuador, un país multicultural y megadiverso, ese mismo racismo convive todavía con el orgullo por su propia selección.
Una muestra de este racismo lo vivió la sub-13 de Independiente del Valle (IDV) hace casi dos años, cuando jugó un partido en Quito. Desde la tribuna rival empezaron los insultos racistas contra los niños. Ellos no se quedaron callados. Aprendieron y acogieron, en un taller previo, una seña propia: señalarse el antebrazo con dos dedos. Esto ocurrió luego de que vieron el gesto del español Nico Williams tras sufrir racismo en un estadio. Para estos pequeños significa: “No al racismo. Orgulloso de mi color de piel”. El equipo la hizo, al meter un gol y al salir a jugar el segundo tiempo.
El cuerpo técnico reclamó al árbitro y la hinchada terminó multada. La sub-15 del club, cuando jugó después, repitió la seña, en solidaridad. Ana María Morales, coordinadora de Latidos del Valle, el programa antirracista que IDV creó hace tres años, resume por qué les importa tanto. Un insulto no es solamente a una persona. “Está insultando a un pueblo, a una memoria, una historia”.
Esa escena, de niños y adolescentes defendiéndose con un gesto, resume mejor que cualquier estadística que el racismo en el fútbol ecuatoriano no es un episodio del Mundial 2026. Lleva más de una década repitiéndose y que se olvidan fácilmente.
Por lo menos diez jugadores de la nómina que fue al Mundial 2026 nacieron en Esmeraldas dice Víctor Arroyo, de la comunidad afroesmeraldeña de San Lorenzo. Aunque, hay también hay del Valle del Chota, Ibarra y de otros sitios. La selección que llena de emoción al país es, en su mayoría, afrodescendiente. Ese mismo país arrastra un racismo que no empieza ni termina en una cancha. “Es una pena que estos escenarios deportivos revelen el racismo estructural que se viene arrastrando hace décadas”, dice Arroyo.
En octubre de 2016, el defensa de Independiente del Valle Luis Alberto Caicedo Medina, el ‘Cunti’, fue expulsado contra Emelec. Denunció que el árbitro Vinicio Espinel lo insultó por su color de piel. La FEF lo sancionó con tres fechas por sus gestos hacia la terna, pero no se pronunció sobre esa denuncia.
En 2018, un informe arbitral documentó insultos racistas de la hinchada de Liga de Quito contra Henry Quiñónez, jugador de Aucas. Esta vez el racismo no vino de un árbitro. Vino de la tribuna.
Los dos casos muestran que el racismo en Ecuador no tiene una dirección. Viene de árbitros, de hinchadas o, como se verá más adelante, de hinchas extranjeros contra un ecuatoriano lejos de casa.
El racismo que aflora con el fútbol puede verse desde cuatro espejos: sociología, psicología, antropología y comunicación. Desde la sociología, el alemán Norbert Elías explicó que el deporte es una válvula de escape para tensiones que la sociedad no libera de otra forma. El riesgo es cuando esa válvula se confunde con permiso para insultar. Desde la psicología, Henri Tajfel demostró que basta dividir a las personas en dos grupos, así sea por una camiseta, para que aparezcan favoritismo y discriminación, sin odio real de por medio.
El antropólogo francés, René Girard, en cambio, describió el paso siguiente. Cuando un grupo pierde, no dice “jugamos mal”. Busca a quién culpar. El conocido ‘chivo expiatorio’ ofrece una explicación fácil para una derrota que duele. Desde la comunicación, Christian León, docente de la U. Andina Simón Bolívar, agrega la capa de las imágenes. Los memes y videos que se viralizan en un Mundial son, dice, “una forma de racialización y de actualización constante de estereotipos raciales” en el entorno digital, con raíz en la colonialidad: la idea de que hay culturas superiores a otras.
“Los códigos antirracistas son de alguna manera aspectos cosméticos”, advierte. Se rompen en los momentos de más emoción, cuando la inhibición social que frena el racismo se libera de golpe.
Puertas adentro, las instituciones se mueven en paralelo, no juntas. Latidos del Valle nació con una idea que va más allá del insulto en la cancha. “El racismo afecta el desarrollo, el crecimiento de los niños y las niñas afrodescendientes”, dice Morales. El programa, además, capacita al personal del club para identificar prácticas racistas y trabaja, una vez al mes, la identidad y la historia de cada equipo formativo.
Ese aprendizaje vino con tropiezos. En la primera edición de la Copa Mitad del Mundo, el torneo internacional que organiza IDV, hubo un caso de racismo y el club no tenía protocolo para responder. Hoy sí lo tiene, con sanciones claras, y ya lo ha aplicado más de una vez.
Carlos Tenorio, presidente de la Asociación de Futbolistas del Ecuador (AFE), dice que el gremio tiene “canales de escucha, acompañamiento y gestión” para cualquier jugador que denuncie, y propone un protocolo unificado con todos los organismos del fútbol.
Tenorio vio el cambio de cerca. “Antes se normalizaba mucho”, dice sobre el racismo que presenció en su carrera. “Hoy tenemos más conciencia y más herramientas”, añade, aunque admite que aún no alcanzan para romper el patrón.
La FIFA ya tiene su propia seña para denunciar racismo en cancha, pero para Morales todavía “no es claro, no está tan socializado” como para garantizar protección real. Su trabajo tampoco está conectado con la Federación Ecuatoriana de Fútbol (FEF): “Tenemos ya una propuesta, todavía no ha sido ampliada, pero sí tenemos la intención de trabajar con la FEF”.
La FEF, por su parte, confirma que mantiene, desde las sanciones de FIFA, un Plan de Acción contra la Discriminación aprobado por el Comité Disciplinario del organismo internacional, con capacitación de oficiales, cámaras en los estadios y una campaña llamada: ‘Unidos por el Respeto’.
Entre 2018 y 2025, la Comisión Disciplinaria de la FEF tramitó más de 40 procedimientos sancionatorios por insultos discriminatorios y manifestaciones racistas. Lo hizo con multas, suspensiones, cierre de localidades y prohibición de jugar con público. La Federación aclara que no tiene un registro sistematizado de la década completa, solo desde 2018.
En este Mundial 2026, el racismo salió a flote en la escala más grande del fútbol. Kylian Mbappé acababa de eliminar a Paraguay con un penal cuando la senadora Celeste Amarilla escribió en X que el delantero francés, en vez de leche materna, “chupaba cocos”. Mbappé le respondió llamándola “una mujer despreciable e indigna de su cargo”. La ministra de Deportes de Francia habló de palabras “abyectas” y “racistas”.
Ahí caben también el asesor presidencial argentino Santiago Caputo, que se burló del color de piel tras la eliminación de Brasil, y lo ocurrido tras el Ecuador-México de octavos: hinchadas de ambos países se cruzaron insultos racistas en redes, con la afición ecuatoriana involucrada no solo como víctima.
Por ese partido, la FEF presentó un reclamo formal ante FIFA y dice que sigue “a la espera del pronunciamiento”, bajo confidencialidad. Y sobre la aparente contradicción de denunciar discriminación mientras sanciona a su propia hinchada por lo mismo, no da rodeos: “no existe contradicción. La posición de la FEF no depende de quién sea la víctima ni de quién sea el responsable”.
La FIFA analizó más de seis millones de publicaciones en la fase de grupos y detectó 89 mil mensajes ofensivos. Once de cada cien eran racistas: la principal forma de discriminación del torneo. El dato desmonta una idea cómoda, que esto es un problema de “otros países”: fue, en un mismo julio, una senadora, un asesor presidencial y miles de cuentas anónimas, entre ellas ecuatorianas.
Consultado sobre el racismo de las hinchadas, el exfutbolista y comentarista Franklin Salas respondió que “obedece a una necesidad de un resultado más que a una necesidad de racismo” y que, entre hinchas, “eso es normal”. Es, casi palabra por palabra, el mecanismo que describe René Girard: el racismo no se nombra, se disuelve en la excusa del resultado.
Víctor Arroyo lo ve distinto, y lo canta. Junto a la esmeraldeña Mell Mourelle escribió ‘Juventud’, protesta contra “lo doble cara que pueden llegar a ser los hinchas, gritando y festejando los goles y a la misma vez insultando a los jugadores”. “Ya es tiempo de que todo esto pare”, dice.
Hay un caso más reciente, lejos de las cámaras ecuatorianas. En septiembre de 2024, el defensa Luis Adrián Caicedo Valencia, nacido en Esmeraldas, jugaba para Always Ready de Bolivia contra Blooming cuando la hinchada local empezó a gritarle “mono”. Abandonó la cancha llorando, pese a la insistencia de sus compañeros. El partido se detuvo 15 minutos.
No era la primera vez. Un mes antes ya había recibido insultos racistas en Oruro, según ESPN. Dos episodios en treinta días, sin que casi nadie en Ecuador se enterara. Su club lo resumió así: “Que la pelota no se manche por actos racistas”.
La AFE insiste en articular con todos los organismos que regulan el fútbol. IDV espera que su protocolo deje de ser una intención y se convierta en una mesa real con la FEF. Arroyo pide algo más urgente: “falta más acción y respaldo gubernamental”.
Sobre por qué el problema persiste, la FEF coincide en que responde a múltiples factores, como la normalización de ciertas expresiones; la percepción equivocada de que algunos insultos forman parte de la rivalidad deportiva; el anonimato en redes sociales; la dificultad para identificar a los responsables. Además, la reproducción colectiva de conductas que no se reconocen inicialmente como discriminatorias.
La FEF considera necesario continuar con las campañas educativas, la capacitación de oficiales, clubes y personal de seguridad, el monitoreo de los estadios, los mecanismos confidenciales de denuncia, la identificación e individualización de infractores y la cooperación con FIFA, Conmebol, autoridades públicas y organizaciones especializadas.
León ubica el problema en un mapa más grande. La misma lógica que estigmatiza a un jugador afrodescendiente en una cancha estigmatiza hoy a migrantes africanos y asiáticos fuera de ella. El fútbol no inventó el racismo. Solo lo coloca bajo las luces de un estadio, con un nombre propio distinto.
La FIFA analizó más de seis millones de publicaciones durante la fase de grupos y detectó 89 000 mensajes ofensivos, de los cuales el 11% eran racistas. Fue la principal forma de discriminación identificada en todo el torneo, por encima de otras formas de ataque como la xenofobia o la misoginia, según el sistema de monitoreo de redes sociales de la FIFA.
Tras la eliminación de Paraguay ante Francia en octavos de final, Amarilla escribió en X que el delantero, en vez de leche materna, “chupaba cocos”. Mbappé le respondió llamándola “una mujer despreciable e indigna de su cargo”, y la ministra de Deportes de Francia calificó el mensaje de “abyecto” y “racista”.
Es un gesto de dos dedos señalando el antebrazo, que un equipo sub-13 de Independiente del Valle (IDV) usó para responder a insultos racistas de la hinchada rival. Está inspirada en el gesto del futbolista español Nico Williams, quien lo popularizó tras sufrir racismo en un estadio europeo.
Entre 2018 y 2025, la Comisión Disciplinaria de la Federación Ecuatoriana de Fútbol tramitó más de 40 procedimientos sancionatorios por insultos discriminatorios y manifestaciones racistas. La FEF aclara que no tiene un registro sistematizado de la década completa, solo a partir de 2018, y que las sanciones han incluido multas, suspensiones, cierre de localidades y prohibición de jugar con público.
Tras la eliminación de la selección ecuatoriana frente a México en octavos de final, hinchadas de ambos países se cruzaron insultos racistas en redes sociales. La FEF presentó un reclamo formal ante FIFA por lo ocurrido. La Federación dice que sigue “a la espera del pronunciamiento” de FIFA, bajo confidencialidad. Consultada sobre si es contradictorio reclamar discriminación mientras sanciona a su propia hinchada por lo mismo, respondió que “no existe contradicción”: su posición no depende de quién sea la víctima ni el responsable.
