20 de September de 2009 00:00

Pedagogía social o caudillismo mediático

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Sara Serrano Albuja

Me produjo asombro oír de la ministra Doris Solís, en Radio Visión, señalar como fortaleza del discurso gubernamental sabatino la supuesta pedagogía del Sr. Presidente.

Si el Sr. Presidente es excelente pedagogo comunicacional, deberíamos elevar a los altares a Paulo Freire, Vigotsky, Piaget, Makarenko y al bello Sócrates.

El método por excelencia de la pedagogía  es el diálogo respetuoso y la horizontalidad, porque al enseñar se aprende del otro.
Eso no evidencia el Presidente en el unilateral micrófono sabatino ante el cual nunca hay una voz cuestionadora, como sí ocurre en clases con los alumnos pensantes.

Sería más digno de respeto, el Sr. Mandatario, si manejase  como estadista el difícil arte del diálogo en disenso y no mediante rabietas que, a modo del profesor autoritario que no le gusta ser cuestionado, opta por descalificar al alumno y echarlo de clase mientras los aduladores aplauden.

El estigma de ser calificados  de “derecha” por ejercer el análisis serio o la vigilancia ciudadana es un sutil chantaje ideológico que tiene  inmovilizados a ciertos intelectuales y obnubilada a la ciudadanía que piensa que el discurso de cambio garantiza de por sí la  realización de nuestras aspiraciones democráticas y un mejor estilo de vida.

A tres años de Gobierno, pocas cosas han cambiado. Existen privilegios y argollas: Pueblo Nuevo, por ejemplo. 

Luchamos duramente en las calles de Quito contra la corrupción y la partidocracia, pero algunas de esas prácticas se mantienen  y repiten.

Creo en la organización comunitaria y en la participación ciudadana, pero no con agenda impuesta al típico estilo del buró:  ¿por qué ha de montarse tremendo aparataje como gran estrategia de la ministra Solís solo para observar a los medios satanizados, que, por cierto, no son intocables?

Me pregunto:  ¿por qué más bien no  convocaron a la organización ciudadana para que orgánicamente fuera un observatorio del mismísimo poder?

Nos hubiésemos ahorrado  los cuestionados contratos  con Fabricio  Correa y los de a dedo por las llamadas emergencias.
El poder tampoco está por encima del bien y del mal.

Autoconvoquémonos todos a vigilar y evaluar constantemente al poder local y central,  a criticar, autocriticarnos y participar desde nuestros ámbitos para ejercer real democracia en este proceso que tiene mucho de caudillismo mediático.

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