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Jóvenes lidian con más carga laboral

1 243 jóvenes de Quito, Guayaquil, Loja y Machala fueron consultados por la OIT, en junio pasado, acerca de la sobrecarga laboral en el último año. Foto: Diego Pallero / EL COMERCIO

Adela desarrolló una ulcera en el estómago en septiembre de 2020. La afección se dio dos meses después de asumir tareas más exigentes como jefa de recursos humanos en una empresa en Guayaquil.

Cuando se inició la emergencia sanitaria, en marzo de 2020, Adela ocupaba un cargo de coordinadora con un horario de ocho horas al día, con dos horas para el almuerzo. Sin embargo, para mediados de ese año, luego de un masivo recorte de personal, se ajustaron las tareas para toda la plantilla.

“Asumí el trabajo de cuatro personas de mi área, de repente me convertí en jefa, asistente, coordinadora y supervisora”, relata la joven de 28 años.

Esta mayor carga le generó desbalances en su alimentación, porque dejó de comer a las horas adecuadas. Para cumplir las nuevas tareas, ella empieza a trabajar a las 05:00 y termina a las 23:00. En ocasiones su jornada se extiende hasta los sábados.

Aunque la trabajadora ha dialogado con el gerente para que contrate a una persona en su área, la empresa dice que no puede costear el sueldo de un nuevo empleado.

“No puedo renunciar porque yo pago el tratamiento de leucemia de mi hermana, pero si sigo así pronto la enferma seré yo también”, dice Adela.

A Luis, en cambio, el exceso de trabajo como diseñador gráfico de una entidad pública en Quito le generó problemas para conciliar el sueño y cuadros de depresión. Todas las mañanas cuenta que se levantaba con una tristeza profunda.

Cuando hace trabajo remoto, llora porque le falta tiempo. “Me piden cosas a las 22:00, para entregarlas a las 06:00 del día siguiente”.

El joven, de 24 años, comenta que varias veces ha trabajado en su carro antes de que abran el edificio, para cumplir con las tareas asignadas.

Aunque es una queja constante de trabajadores durante la pandemia, la sobrecarga laboral es poco estudiada en el país. Una encuesta de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), de junio pasado, revela la incidencia de esta realidad en los jóvenes.

La entidad consultó a 1 243 jóvenes de Quito, Guayaquil, Loja y Machala. El 19% de personas de entre 18 y 29 años consideró que su empleo se volvió más exigente físicamente en el último año. Un 18% aseguró que recibió una mayor cantidad de tareas y un 37% trabajos más complejos.

Esa situación se explica por dos factores, según Estheban Acevedo, experto en Empleabilidad Juvenil de Adecco.

El primero es por el deterioro del mercado laboral causado por la crisis que originó la pandemia, pues las empresas desvincularon empleados.

El segundo factor es el desconocimiento de cómo manejar una situación de crisis por parte de los departamentos de Recursos Humanos en la nueva normalidad de trabajo.

Por ejemplo, Acevedo señala que al inicio de la pandemia fueron muchas las empresas que debieron tomar decisiones apresuradas y realizar planes de contingencia que, seguramente, recargaron de trabajo a sus equipos.

Hoy, luego de varios meses de aprendizaje, las organizaciones que logran encontrar un mejor modelo de trabajo disminuyen sus índices de rotación, nivelan cargas de trabajo y consiguen el personal con el conocimiento técnico adecuado para cumplir con sus objetivos, indica Acevedo.

Si estos problemas no se atienden, los trabajadores pueden sufrir estrés, impactos en la vida personal y familiar y otros inconvenientes de salud desarrollados por la necesidad de cuidar un puesto de trabajo, explica Acevedo.

Paúl Cáceres, abogado laboral, señala que la población joven no es la única afectada, pero sí la que ha mostrado más inclinación hacia el síndrome del trabajador quemado o ‘burn­out’. “Los jóvenes tienen desmotivación, falta de energía, agotamiento mental y cambios en el ánimo que afectan a su salud y a su rendimiento”.

En algunas empresas hay preocupación por esta realidad. Luis Naranjo, gerente económico de la Cámara de Comercio de Quito (CCQ), dice que este sector trabaja en implementar planes enfocados en el cuidado de sus equipos.

Naranjo reconoce que existió un desequilibro en la imposición de tareas en el inicio de la emergencia, pero que poco a poco se ha ido solventando.

De hecho, las firmas más grandes han destinado parte de su presupuesto a acompañamiento psicológico y han flexibilizado horarios.

Un ejemplo es el de Sofía Granizo, de 26 años. “Comenté el problema a mi jefa. Me pusieron un asistente y desde febrero de este año me costean el tratamiento psicológico”.

El Ministerio de Trabajo indicó que los trabajadores que sientan vulnerados sus derechos pueden presentar una denuncia a través del Sistema Único de Trabajo (SUT), puede ser virtual y anónima.

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