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Mauro Morandi, el ermitaño que abandonó la isla italiana en la que vivió 32 años

Mauro Morandi, de 82 años, llegó por casualidad a la isla de Budell en 1989 mientras intentaba llegar por mar desde Italia a la Polinesia. Foto: EFE / Ansa

Mauro Morandi, de 82 años, llegó por casualidad a la isla de Budell en 1989 mientras intentaba llegar por mar desde Italia a la Polinesia. Foto: EFE / Ansa

Mauro Morandi, de 82 años, llegó por casualidad a la isla de Budell en 1989 mientras intentaba llegar por mar desde Italia a la Polinesia. Foto: EFE / Ansa

Mauro Morandi vive solo desde hace 32 años en la pequeña isla de Budelli, un paraíso deshabitado, parque natural de la región italiana de Cerdeña del que se había convertido en su guardián, pero por sorpresa el 26 de abril del 2021 anunció en su página Facebook: “Me he hartado, me marcho”.

Este ermitaño de 82 años, al que conocen como el Robison Crusoe italiano, había llegado por casualidad a esta isla incontaminada del parque del archipiélago de la Magdalena, en el norte sardo, en 1989, mientras intentaba llegar por mar desde Italia a la Polinesia.

El exprofesor de educación física de Módena (norte) compró un catamarán con unos amigos y su pareja con el objetivo de navegar hasta la Polinesia. El grupo pasó por el archipiélago de Cerdeña y, tras descubrir por casualidad que el entonces encargado de cuidar Budelli estaba a punto de irse, Morandi ocupó su lugar.

Decidió que no hacía falta navegar tanto para encontrar el paraíso y se instaló allí en completa soledad.

Con una superficie de unos 1,6 kilómetros cuadrados, la isla es considerada una de las más bellas y salvajes del Mediterráneo, conocida sobre todo por su playa Rosa, formada por diminutos fragmentos de coral y conchas que le dan este color y a la que se puede acceder sólo con permiso.

Durante todos estos años, la región de Cerdeña había intentado desalojar a Morandi, que no tenía los permisos para vivir allí, pero lo evitaron el clamor popular y su labor: la de alejar a los turistas de sus aguas protegidas, vigilar que no hubiera incendios y limpiar las playas de residuos.

Hasta el lunes 26 de abril, cuando con una publicación en su perfil de Facebook, que ha utilizado durante estos años para compartir fotos de las maravillas de la isla, anunció: “Llevo 20 años luchando contra los que me quieren echar, aunque apoyado, psicológicamente y no solo por Budelli, sino por todos los que me animan, ahora me he hartado de verdad y me voy”.

Hace tres años el Parque Nacional de la Magdalena (al que pertenece Budelli) había decidido el “desalojo” de la propiedad ocupada por Morandi. Ahora este eremita explica que deja la casa porque le han comunicado que tienen que hacer obras en esta vivienda, entre ellas eliminar el amianto, y que se ha cansado de luchar.

Hasta ahora vivía sin radio, ni televisión, pero usaba la conexión a internet y las redes sociales para documentar las bellezas de su isla y explicar que pasaba mucho tiempo “recuperando los muchos residuos que vienen del mar”.

Para él, el confinamiento por la pandemia que se vive aún en Cerdeña no ha sido duro. “Yo he estado siempre solo, el año pasado no vi a nadie durante seis meses”, explicó a los medios italianos, aunque confesó que ahora “se tendrá que vacunar” ya que se encontrará otras personas.

Michele Zanelli, director del Parque Nacional de La Magdalena, aseguró en declaraciones publicadas en el diario “Corriere della Sera” que necesitan urgentemente intervenir en la casa que habitaba Morandi, pero que “aunque ya no viva aquí, siempre podrá volver a a Budelli”.

“Está claro que no habrá ningún punto de referencia. Pero a partir de este verano enviaremos guías a Budelli que darán indicaciones sobre el terreno, instalaremos cámaras de vigilancia 24 horas. En definitiva, no abandonaremos la isla”, agregó Zanelli.

Aunque a Morandi no le importaría convertirse ahora en guía eventual del que fue su paraíso “incluso gratis”, desde la región le han dicho que no pueden contratar a mayores de 80 años.

Para el “Robinson Crusoe italiano“, los años empiezan a pesar después de haber sufrido “un frío invierno” y la “rotura del frigorífico desde hace meses”.

También confiesa que en su decisión le ha empujado que ha conocido a una persona, de la que cree que se ha enamorado, y que ya ha alquilado una casa en La Magdalena para quizá, “empezar una vida juntos” y no volver a estar solo.