13 de September de 2009 00:00

Media hora tras el almuerzo de los trabajadores

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Gabriela Paz y Miño Para EL COMERCIO,  FRANCISCO MORENO  Y REDACCIÓN GUAYAQUIL

Treinta minutos de “loquera”. Así define Irina Sorvina  la “hora pico”    en su restaurante de menús ejecutivos,  en la avenida Portugal, a pocos metros de la 6 de Diciembre, en Quito.



Santo domingo almuerza bien  En Santo Domingo, la Casa de Consuelo es uno de los locales más afamados del centro. Este local está en la calle Río Chimbo y av. Toachi.  Consuelo Andrade, la dueña, cocina todos los días para sus clientes y vigila de cerca la preparación  de  sus seis ayudantes.  Los almuerzos empiezan con una entrada liviana. En algunas ocasiones es una hayaca. Como segundo, sopa de carne y ají. En otras ocasiones es una sopa de pollo  liviana. A veces, repe lojano o sancocho. Además hay  plato principal ( camarón reventado, con  arroz, patacones y ensalada rusa) y postre. Todo por   USD 3, 80 de lunes a viernes.  En el restaurante La Romana,  en el Anillo Vial de Santo Domingo,  el chef Eduardo Vera sirve    entrada (paté de atún), segundo (viche de pescado),   plato fuerte   (biff stravanoff )y postre (mus de chocolate). Todo por USD 4. Pero el menú varía a diario, “para que la gente no se hostigue”.  En   Timoneiro,  a pocos metros del parque Zaracay,  por USD 2 se almuerza  sopa, un   segundo  con tres o cuatro acompañantes, jugo y postre.

Sorvina es rusa, pero domina  el español, excepto porque dice “loquera” en vez de “locura”. De todas maneras, al ver el movimiento de mediodía en su local, se la  comprende. Hombres, la mayoría de ellos de traje, y mujeres con uniforme, hacen fila frente a las mesas de calor y a las bandejas de ensalada, dispuestas frente a la entrada, un  menú “self service”.

Apurados, pero sin dejar la charla con sus compañeros de trabajo, deciden su opción antes de que llegue su turno. Después de todo,   hay  solo media hora para comer.

Es viernes y, según Sorvina, el movimiento en AIS -su restaurante- es menor ese día. La razón: la gente que come menú de lunes a jueves se da “un lujito” al final de la semana y se decanta por alguna golosina o almuerza en restaurantes con  platos a la carta.
Pero ese viernes no luce tan tranquilo. 

El  encargado de recoger los platos y las tres personas que trabajan en la cocina se afanan por atender a la fila de apurados comensales, a la vez que despachan 41 almuerzos para llevar, en tarrinas de plástico.

En AIS, el menú cuesta USD 3,30. Un plan corporativo permite a los empleados de las oficinas aledañas tener un 10%  de descuento: una estrategia de mercadeo  útil en un sector en el cual hay restaurantes de ‘menús ejecutivos’ casi en cada cuadra. Allí se atiende a diario de 70 a 100 personas, según su dueña.

La media hora de “loquera” que enfrenta Sorvina cada día es el tiempo de respiro diario para Víctor Ruilova, ingeniero geólogo de Petroecuador. Este lojano, de 62 años, almuerza todos los días en este local.   

Ruilova  asegura  ya estar acostumbrado a esta rutina de locos, aunque admite que comer así –apurando cada bocado, mirando el reloj cada dos minutos- no es lo mejor para la salud. “Sí he tenido algunos problemas estomacales, pero vivo por los Parques del Recuerdo y  hasta llegar, con suerte, tardaría media hora”.

Es lunes  y los locales de menús están muy concurridos. En Quito, la temperatura es de 28 grados. Sobre el asfalto caliente caminan los ejecutivos, con el saco doblado sobre el brazo, el ceño fruncido y quejándose del  calor.

Santiago Morán y su esposa Elizabeth Meade se refugian del sol  en una cafetería ubicada frente al centro comercial El Jardín. Aprovechan que en el local hay conexión libre a Internet, para adelantar trámites de su negocio: dos almacenes de venta de camisetas en Galápagos. Desde los ventanales se aprecia el desfile de  oficinistas que buscan  donde almorzar o acuden al sitio habitual: algún local en el cual comer por entre USD  3 y 6.

En el pasaje Moscú y República de El Salvador, la familia  Burbano regenta  Lunch and Coffee. Abrieron sus puertas el 11 de agosto y atienden de 60 a 70 personas cada día. La fórmula de “entrada, sopa, segundo, postre y jugo”, que ofrecen por USD 3 es un éxito.  

La gente elige entre dos platos fuertes, tiene  una entrada y puede hacer pedidos extras o variar sus platos, sin que se incremente el precio.

Lo que es invariable, explican los dueños, es que  pidan papas o arroz. “Sobre todo los hombres. Hay que ponerles Chimborazos de arroz”, bromean.

Los mismos rituales de estrés se cumplen en muchos sitios entre las 12:00 y las 15:00. Pero no todos los trabajadores pueden darse el lujo de gastar un promedio de USD  3  diarios. Lo sabe Ángel Quinatoa, dueño de un carrito de hot dogs, que instala todos los días en la avenida De los Shyris, frente a la Tribuna. Según sus cálculos, unas 25 personas le compran perritos calientes por USD 1 al mediodía. “La mayoría son  albañiles o vendedores”. Él mismo recibe todos los días su ‘almuerzo ejecutivo’.

“Una señora me trae desde el sur un menú de USD  1,25. Tiene sopa y segundo”. Quinatoa da cuenta de él en menos de 20 minutos. No hay tiempo para más. Como tantos trabajadores y ejecutivo de la zona, todos los mediodías, de lunes a viernes, también él es esclavo del reloj.
 
El ritual se repite en el centro de  Guayaquil. Fernando Alvarado recorre dos cuadras desde su  trabajo hasta el restaurante Bopan, en Malecón y P. Icaza. Lo hace  de lunes a viernes, a eso de las 12:30. Mientras le sirven, cuenta que la empresa en la que trabaja tiene contrato con el restaurante. El almuerzo ejecutivo vale USD 3,50.
 
A pocas cuadras de allí, en Vicente Rocafuerte y Luis Urdaneta,  de un local  se desprende un fuerte olor a plátano cocido. Se trata de ‘Aquí es Corozo’. Son las 13:00 del  miércoles. Sentada en una butaca de madera está Beatriz Reyes. Casi todos los días,  se ‘escapa’ de su trabajo para comer allí. “Debería comer en el banco, pero más me gusta la comida de acá, por su sazón y sabor”.
 
De un menú, que tiene como base los mariscos, Reyes elige entre un bollo (USD 1,25) y un encocado de pescado (USD 3). Con cualquiera de las dos opciones, aclara, quedará satisfecha, hasta la hora de la merienda.

Platos más ligeros y saludables son la propuestas de los restaurantes vegetarianos. Desde hace dos meses, Belén Carlosama visita ‘Lorenabo’, en  P.  Icaza y Baquerizo Moreno. “Yo no soy vegetariana, pero antes tenía que tomar pastillas para no sentirme mal en el trabajo después del almuerzo, ahora no las necesito”, cuenta al  cortar la ‘carne’ de soya de su bistec. El almuerzo le cuesta USD 2.

El bolsillo manda a la hora de comer.  Melissa Valarezo lo sabe. Por ello, le pide al  parrillero:  “Un dolarazo de carne para llevar”. Es el plato más popular del restaurante San Eduardo,  en Baquerizo Moreno y Manuel Rendón.

Valarezo   recibe una tarrina de color plomo con una humeante porción de arroz, con menestra de lentejas y carne a la parrilla. 
En las zonas periféricas de Cuenca, se encuentran almuerzos de hasta USD 1. Eduardo Guzmán,   albañil,  no se pierde  los  de doña Martha Andrade, en la zona del Medio Ejido, en  la salida de Cuenca hacia Guayaquil.

El lugar tiene tres mesas de madera cubiertas con manteles de plástico color azul. Guzmán se sienta y doña Martha le  sirve casi de inmediato un plato hondo con sopa de legumbres con  un hueso con carne.  Sin más preámbulos él saca con su mano algo sucia el pedazo de hueso y a la boca. Aquí nadie protesta si no les pasan cuchillo y tenedor para  el segundo: lo hacen con la  cuchara sopera.
Pero en  el bar restaurante Saint Floreance, en la calle Larga,  Centro Histórico, a la hora del almuerzo se cumple un ritual. Los meseros, explican de qué se trata el almuerzo del día.  En la cocina está Rocío Vázquez, lleva un mandil y una cofia cubre  su cabello.

En el restaurante Grecia, en la calle Gran Colombia, el ajetreo de los meseros empieza a las 13:30. Este lugar es visitado por obreros que trabajan cerca. 

Allí lo usual es que tras comer cada cliente firme en una hoja:  el plato está pagado por la empresa.  Verónica Zumba lleva los jugos y los postres, con rapidez sortea   las mesas y observa quién no tiene   plato  y se los entrega.

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