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El 16 de enero del 2014, el Concejo Metropolitano aprobó el cambio de la letra del himno a Quito. Fue el momento culminante de cómo la capital y las Fiestas de Quito cambiaron su orientación en este siglo. Ahora, si bien se sigue celebrando la fundación española de la ciudad, ya no está dentro del marco del hispanismo que se impuso cuando comenzaron las celebraciones en 1959.
Desde 1960, cuando se inauguró la Plaza de Toros Quito, la Feria Jesús del Gran Poder ocupó la centralidad de las Fiestas de Quito, que habían comenzado el año anterior. No fue, en rigor, una fiesta organizada por el Municipio de Quito, sino por la empresa privada, con la Cámara de Agricultura de la Zona 1, la primera propietaria de la Plaza. Sin embargo, el Municipio elaboró la ordenanza para la organización de corridas de toros, según consta en el Archivo Histórico Municipal.
Con el correr de los años, entre la tensión con el hispanismo -su ocaso, mejor dicho- y el espíritu de la época, para defender los animales, los toros se eliminaron en la ciudad de Quito. En el plebiscito del 2011, se prohibió en la capital cualquier espectáculo que implique la tortura y la muerte de un animal.
Sin embargo, anteriormente ya hubo cuestionamientos a la feria taurina, más por un asunto moral que ideológico. Los jóvenes que no ingresaban a la plaza para las corridas, se quedaban afuera. Y bebían hasta el hastío. Las cámaras de televisión registraban peleas, gente dormida en los parterres. Lo llamaron con mucho sentido del humor “la contravereda“, una paráfrasis de la contrabarrera del ruedo taurino”.
Esta tensión con el hispanismo, origen de fondo para que se celebrara las fiestas de la Fundación Española de la ciudad, hizo que también se modificara el sentido de la fiesta. La prohibición, por consulta popular, de realizar espectáculos que impliquen la muerte de un animal, eliminó la Feria Jesús del Gran Poder.
Para muchos, como Luisa García, quien no iba a los toros ni le gustaban, sintió que las Fiestas de Quito perdieron su esencia. “Me acuerdo que, en los años 80, ni siquiera se podía poner rock ni lo que llamábamos ‘música moderna’. Solo se bailaba música típica o cumbias. Los Príncipes eran (la banda) sensación”, dice esta mujer de 62 años.
No solamente fueron los toros el campo de disputa entre los hispanistas, que aún existen, y aquellos que veían absurdo que la gente vistiera sombreros cordobeses. La entonces concejala del 2016, Luisa Maldonado, propuso que se eliminara parte del texto original del Himno a Quito.
“Oh ciudad española en el Ande/ oh ciudad que el Incario soñó/ porque te hizo Atahualpa eres grande/ y también porque España te amó”, fue el texto escrito en 1944 por el franciscano Bernardino Echeverría; la música fue compuesta por otro franciscano, Agustín de Azkúnaga.
El cambio aprobado dice: “Cuando América toda dormía/ oh muy noble ciudad, fuiste tú/ la que en nueva y triunfal rebeldía/ fue de toda la América luz”. En las sesiones del Concejo Municipal, la letra “nueva” del himno se lee como en karaoke para quienes no sepan la letra.
El canelazo se había convertido en la bebida oficial de las fiestas de Quito. Y un licor fue fundamental para ello: Paico, al que los quiteños decían que era “fuerte como el aguardiente”, según los documentos de la época.
Los bailes callejeros se desplazaron del Centro Histórico hacia los barrios, como La Floresta, La Vicentina. Pero también ocuparon las grandes avenidas, con orquestas, mayormente también organizadas por la empresa privada, con permisos municipales.
Las fiestas más emblemáticas eran en las avenidas Rodrigo de Chávez, en el sur de la ciudad, en la avenida Amazonas (centro-norte) y en la Machala (norte). A todas se les daba el sufijo aumentativo “azo”: Chavezazo, Amazonazo y Machalazo. De estas tres, solo una se conserva: el Amazonazo.
Al comenzar el siglo, el Municipio de Quito comenzó a implementar políticas para restringir el consumo de alcohol en los espacios públicos. También buscó prevenir los desmanes y actos de violencia durante estas celebraciones, como las que ocurrieron el viernes pasado, 29 de noviembre del 2024, en la Plaza de San Francisco.
Según recoge una crónica de EL COMERCIO, en el 2010, en la calle Machala, durante las celebraciones de la ciudad, hubo una riña callejera que terminó con un muerto. Además, según el Observatorio Metropolitano de Seguridad Ciudadana, entre el 28 de noviembre y el 6 de diciembre de ese año, hubo 48 muertes violentas.
Alejandro López, quien ocupa el cargo de Cronista de la Ciudad, sostiene que hay que tomar en cuenta que las tradiciones cambian y, en este caso, las festividades. “La documentación histórica nos señala que en 1961, el Municipio las celebraba inaugurando obras en los barrios y esto implicaba un ambiente festivo”.
Además, López recuerda que en la Machala y la Rodrigo de Chávez se prohibieron por el excesivo consumo de alcohol, peleas y hasta violaciones colectivas. “Hasta en las fiestas pequeñas, hubo problemas”, dice a propósito del año 2001, cuando un conductor ebrio embistió a 30 personas que bailaban en la av. De los Granados, de los cuales murieron tres. Y esto trajo consigo un cambio en el comportamiento festivo.
Para Fernando Carrión, un académico estudioso de Quito, “el lugar del festejo evoluciona del espacio de los lugares hacia el espacio de los flujos: las Chivas aparecen como el símbolo de esta mutación, en tanto hacen de la movilidad el elemento central de la fiesta. La tarima fija del barrio compite con la chiva ambulatoria, donde la tarima, la zona del baile y del festejo son indiferenciados”.
Cuando el alcalde de Quito anunció el programa de las Fiestas de Quito, no dudó en dar más espacio y precisión al Quitofest, el festival de música rock que se realizará en el Parque Bicentenario. En el 2014, el entonces alcalde Mauricio Rodas quiso hacer una gran transformación con el festival denominado Quitonía.
Fue un cambio cultural importante porque si bien vino Rubén Blades, icono de la salsa en América Latina, también vino uno de los grandes músicos internacionales: Sting. Con eso, Rodas quiso hacer de Quitonía, de efímera existencia, un festival de la talla de Viña del Mar. Si bien el concierto fue un éxito, su futuro nunca fue promisorio. Para ese concierto gratuito, la ciudad invirtió dos millones de dólares.
Mariana Andrade, la secretaria de Cultura del Municipio en ese año, estuvo en contra de este festival. Pero también sabe que el capital político de los alcaldes se miden por las fiestas de Quito. Pero para ella, lo más complejo de Quito es aceptar las innovaciones. “Quito es una ciudad que se queja siempre. Cuando quisimos hacer un cambio en la organización de la carrera de coches de madera y llevarlas a otros barrios, hubo una férrea oposición”.
Y es que Quito, cuando de tradiciones se trata, no le gusta moverse del todo y se pierde en la nostalgia.
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