Este 29 de agosto de 2026 se cumplen tres días desde que Grace Calero y su hija Giulianna Carriel regresaron a Ecuador, luego de vivir cinco días privadas de su libertad en una cárcel de Florida. Las guayaquileñas fueron detenidas por agentes del ICE mientras eran atendidas en un hospital de Kissimmee, al que llegaron de urgencia tras sufrir un siniestro de tránsito que casi les cuesta la vida.
El lugar al que llegaron en busca de auxilio terminó convirtiéndose en el inicio de una pesadilla que todavía intentan procesar. El accidente, la detención y los días en prisión marcaron sus vidas de una manera que aún no logran explicar.
En diálogo con EL COMERCIO, Calero reconstruyó lo ocurrido y contó cómo cambió para siempre su historia.
A ratos, sobresaltos bruscos interrumpen el descanso de Giulianna Carriel de 19 años. Después pueden venir los temblores y movimientos constantes de su cuerpo. Su madre Grace Calero, en cambio, afirma que el dolor en sus cervicales aún no se ha ido. Ambas intentan recuperarse de las secuelas de un siniestro de tránsito que, inesperadamente, estuvo seguido por su detención a manos de agentes del ICE.
Todo comenzó el 20 de agosto de 2026, cuando regresando de su trabajo como representante de marketing en una compañía de Florida, fueron embestidas por otro automotor, provocando que su carro se volcara, no solo una vez. “Fueron siete vueltas… lo primero que yo hice en ese momento fue ver si mi hija estaba respirando”, dice.
Calero cuenta que su hija la estaba acompañando al trabajo por esos días. “Ella había empezado un tratamiento con medicina psiquiátrica y el médico me había indicado que no se podía quedar sola”.
De inmediato fueron trasladadas hasta un hospital en Kissimmee, a donde también llegó un agente que les aseguró que solo les formularía preguntas personas y que el otro conductor ya se encontraba detenido. Pero al paso de unas dos horas el agente regresó con una novedad que marcó el inicio de su pesadilla: debo detenerlas.
Su hija estaba con suero, por una crisis de epilepsia que había sufrido, y ella aún estaba en observación por las secuelas del siniestro, pero nada de eso fue argumento suficiente para no tocarlas. “En ese momento no les interesó, simplemente me llevaron, me ataron, me pusieron las esposas… de un momento a otro, la vida nos cambió”.
Esa noche las llevaron a un destacamento del mismo condado, pero en el transcurso de la madrugada fueron movidas a otra cárcel, y finalmente terminaron en un centro de Florida.
La principal preocupación de Calero era una sola: conseguir la medicación que su hija necesita para controlar la epilepsia. “Yo les rogaba la medicina de mi hija”, recuerda. Sus pedidos, sin embargo, no fueron escuchados.
Tampoco recibieron medicamentos para aliviar los dolores que arrastraban tras el siniestro de tránsito. “Pasamos todo ese dolor sin ningún tipo de medicación”, cuenta.
Calero y su hija compartieron celda con otras mujeres migrantes, algunas de ellas con más de seis meses de detención. “Dios se manifestó de la manera más grandiosa… vernos mujeres arrodilladas, orando juntas, todas en nuestros idiomas, una en creole, otra en tailandés, otra en español y otra en inglés… en ese momento simplemente era decir: esto va a pasar”.
Mientras Calero y su hija se encontraban detenidas, afuera un batallón de ‘ángeles’ sumaban esfuerzo desde su trinchera para que las ecuatorianas sean liberadas. Pero hubo una persona que movió cielo y tierra en esta historia, su hermana Gia Calero. “Gracias a ella, nosotras estamos libres... si esto no hubiera sido así de mediático, nosotros seguiríamos ahí dentro”, resalta.
Calero temía que su hija sufra otra crisis de epilepsia que desencadene en un final fatal. Es por este motivo, pensando en el bienestar de ella, que decidió acogerse al retorno voluntario. ” Yo tenía que cuidarla con uñas y dientes ahí adentro, yo no podía permitir que no siga su tratamiento, que entre en una crisis, y que pueda pasar lo peor”
En estos cinco días en la cárcel Calero y su hija pudieron evidenciar de cerca la dura realidad de los migrantes detenidos por el ICE, cuya estadía en las cárceles pueden superar hasta los seis meses.
A las ecuatorianas nunca les proporcionaron medicamentos para aliviar el dolor provocado por el accidente. Tampoco tuvieron acceso a la medicación que su hija necesitaba para controlar la epilepsia. Durante su permanencia, su cama fue el piso de cemento y el agua que podían beber el resto del día era directamente de la llave, en una ciudad donde el agua no es potable. El poco líquido potable que recibían se reducía a una pequeña copa durante las comidas. Lo único que las mantenía en pie era su fe en Dios.
“Yo le decía a mi hija que no podemos deshidratarnos, así que, aunque sea, mojamos los labios (con el agua de la llave)”, narra.
El trato de un migrante detenido es igual que el de un preso que haya cometido un delito grave, afirma Calero. “No hay una diferencia entre las reas y las personas por migración, o sea, no hay ningún tipo de diferencia, simplemente eres una carcelaria”.
“Yo solo pensaba en cuántos niños, en cuántos ancianos están detenidos, en cuántas personas que de pronto tienen una enfermedad, una parálisis… todas esas personas que la están pasando muy mal, que llevan semanas, meses, y no tienen una respuesta. Todo esto realmente se volvió una cacería de personas”, expresa Calero.
Desde su detención, su familia no volvió a saber de ellas. “Mi familia no sabía de mí, mi familia me tuvo que buscar a través del consulado ecuatoriano y por eso empezó esta difusión en redes sociales”, cuenta.
Calero llevaba tres años viviendo en Estados Unidos. Actualmente trabajaba como representante de marketing de una compañía y estaba en un proceso de asilo. Su hija estaba cursando sus estudios universitarios.
“Yo estaba atravesando un proceso de asilo, mediante el cual se me fue permitido trabajar. Yo tenía un permiso de trabajo, tenía una licencia vigente, tenía una social security, o sea, yo estaba con toda mi documentación”, explica la mujer que había solicitado el asilo por un tema de seguridad.
“Yo ni siquiera había recibido una orden de la corte, deportación, absolutamente nada, nada de eso ocurrió. Entonces no había explicación detrás de un arresto”, acota.
Es por ese motivo que Grace y su familia no entienden la causa de la detención, y lo califican como una injusticia. “Simplemente ocurrió un accidente y se aprovecharon de la situación”, indica.
Desde Guayaquil, con el calor y compañía de los suyos, Calero aún no encuentra respuestas sobre su futuro. Lo único que piensa es que ella y su hija estén bien.
“La vida nos cambió de un momento a otro, de un minuto a otro, y ahora vamos a volver a la realidad desde otra realidad”, manifiesta.
Lo que sigue ahora es una nueva etapa: volver a organizar sus vidas. A Ecuador regresaron únicamente con dos maletas y todavía deben decidir qué hacer con las pertenencias que permanecen en Florida. También queda pendiente traer a Toñito, el gatito de su hija, que aún espera por ellas.
“Es la mascota de soporte emocional de mi hija, que es lo más doloroso”, confiesa. “Es un gatito que adoptamos, y que fue su soporte emocional durante estas crisis”, acota.
Todo esto, mientras esperan que se haga justicia por todo lo que atravesaron sin sustento legal alguno. Un abogado está a cargo de su caso en Estados Unidos.


