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Kyra Ávala: ‘El hospital nunca me avisó que mi esposo falleció y ahora no encuentro su cuerpo’

Imagen referencial. Una mujer relata el calvario que vive en Guayaquil para encontrar el cadáver de su esposo que falleció por covid-19. Foto: AFP

Imagen referencial. Una mujer relata el calvario que vive en Guayaquil para encontrar el cadáver de su esposo que falleció por covid-19. Foto: AFP

Imagen referencial. Una mujer relata el calvario que vive en Guayaquil para encontrar el cadáver de su esposo que falleció por covid-19 el pasado 3 de abril. Foto: AFP

Óscar Paqui Espinoza falleció el 3 abril de 2020 en Guayaquil. El joven de 36 años fue diagnosticado con covid-19. Su esposa, Kyra Ávala, ha buscado su cuerpo durante nueve días y no lo ha encontrado. La mujer, de 25 años, contó a EL COMERCIO el calvario que ha vivido para poder despedirse de su pareja. Aquí su testimonio.

“Mi esposo falleció el viernes 3 de abril del 2020, a la 01:40 de la madrugada, o al menos eso fue lo que me dijeron en el Hospital del Guasmo Sur. Han pasado ocho días y hasta ahora no puedo recuperar su cuerpo para poder despedirme. Lo único que me dijeron es que murió por un paro respiratorio y que tenía una fuerte pulmonía provocada por coronavirus.

Todo empezó el 17 de marzo. Ese día iniciaron los síntomas. Los primeros seis días tuvo fiebre y dolor de cabeza. Luego vino una tos fuerte y mucho dolor en el pecho. También tenía escalofrío. Al final empezó ahogarse. Ahí fue cuando decidimos ir al hospital. Llegamos y él habló con las enfermeras y luego me dijo que ya le iban a dar una camilla y un oxígeno. Me pidió que me tranquilizara y que regresara a casa. Las enfermeras también me dijeron lo mismo. Ellas incluso me informaron que cada día llamaban a las 11:00 a los familiares de los pacientes para contarles cómo evolucionan, pero nunca lo hicieron.

Al principio no me importó porque mi esposo tenía un celular escondido y todos los días hablábamos. En el hospital estaba prohibido el uso de teléfonos, nunca me dijeron por qué.

En total mi marido estuvo ocho días internado en el área de infectología en el tercer piso. Él me contaba que estaba solo y que nadie lo iba a ver. “No me dan agua, no me cambian el pañal, no creo que vaya aguantar”, me dijo un día.

En otra ocasión me llamó a las 02:00 de la madrugada y me contó que se le había salido el suero. Yo le pregunté qué pasó y me contó que por la sed que tenía se levantó a beber agua en el baño y ahí se le salió el suero. Él llamó a las enfermeras pero nadie lo fue ayudar. A las 07:00 recién llegaron y lo atendieron.

Con el oxígeno también tuvo problemas. Los médicos nunca se daban cuenta que se terminaba y pasaba sin el tanque hasta un día después.

Yo creo que por eso falleció. La última vez que hablamos me dijo que ya no tenía oxígeno y que nadie se daba cuenta. Esa llamada fue el jueves a las 17:00 y ocho horas después había fallecido con el paro respiratorio.

Imagínese, él murió solo. Lo normal es que el hospital se comunique con la familia y le avise, pero eso nunca pasó. No me llamaron ni un solo día para informarme cómo evolucionaba y cuando murió. El hospital nunca me avisó que mi esposo falleció y por eso ahora no encuentro su cuerpo.

El viernes todo el día le llamé a mi marido. El teléfono timbraba y timbraba y no me contestaba. Llamé al hospital y al Ministerio de Salud y tampoco respondían. El domingo, pese a que me dijeron que no podía salir de casa porque yo también podría tener el virus, me fui al hospital. Allí recién me dijeron que había muerto y me pidieron que para entregarme su cuerpo debía tener el certificado defunción, la caja y el lugar dónde iba a ser enterrado.

La tía de mi esposo hizo un préstamo para comprar una bóveda de USD 1 600 en Durán. Yo compré una caja sencilla en USD 100 porque tampoco había ataúdes. El lunes ya tenía todo para retirar el cuerpo, pero nadie sabía dónde estaba su cuerpo. Primero me dijeron que lo estaban buscando. Luego llegaron con la noticia que no estaba en la morgue y que tenía que esperar. Al final no tuve respuesta y regresé a mi casa cargada la caja de madera. Los dos días siguientes seguí esperando fuera del hospital. Había mucha gente que también buscaba los cuerpos de sus familiares.

El miércoles, después de tanto insistir me repitieron que mi esposo ya no estaba allí, pero para que me quede tranquila me hicieron pasar a la morgue. Me compré un traje especial de USD 8 y me puse fundas en los pies. Yo estaba con otras personas que también buscaban a sus difuntos. Nos llevaron a dos cuartos que estaban llenos de muertos. Todos estaban en el piso y en fundas con cierres.

En algunos se veía que la funda estaba dañada y el piso estaba mojado y manchado. Mis zapatos se ensuciaron con todo eso. La gente del hospital nos dijo que primero teníamos que ver a los NN. Eran cinco personas: dos mujeres y tres hombres. “Si aquí están sus familiares a buena hora, sino tiene que buscar por los nombres entre todos los fallecidos”, nos dijo un funcionario.

Yo vi los cuerpos y ninguno era mi esposo. Me desesperé y les dije que no iba a salir sino lo encontraba. Ahí me muestran que hay tres contenedores con cadáveres. Solo uno estaba abierto, pero apenas pude ver lo que había dentro y me arrepentí. El olor era muy intenso. Decidí salir y a fuera me dijo un médico que si no estaba ahí, el Gobierno ya se lo llevó a enterrar.

Al siguiente día fui directo a Pascuales porque me dijeron que ahí los estaban sepultando.

El guardia del panteón me dijo que ya los habían enterrado y que de por gusto busco el cuerpo porque ya no lo iba a encontrar. Según él, el Gobierno iba a publicar el lugar de la tumba en una página web. Yo ya entré a ese sitio y puse el número de cédula y el nombre, pero tampoco hay resultados.

Ya no sé qué más hacer. He buscado el cadáver de mi marido por una semana. No sé si murió, si su cuerpo está en la morgue del hospital o si ya fue sepultado. Nadie me dice nada.

No he perdido la esperanza de encontrarlo, pero todo esto es muy duro. En especial porque el próximo 1 de mayo él iba a cumplir 37 años. No tenemos hijos, pero llevábamos juntos más de cinco años. Solo éramos los dos y trabajábamos en nuestro negocio de pizzas en Bastión Popular. Ahora, el local está cerrado y ahí está la caja que le compré. No sé qué voy hacer sin mi Óscar”.