
El tráfico ilegal de fauna silvestre continúa dejando huellas visibles en Ecuador, especialmente entre las aves más llamativas del país.
Loros, pericos y guacamayos encabezan la lista de especies rescatadas en operativos recientes de control ambiental, lo que evidencia un patrón sostenido en este delito ambiental.
Según datos del Ministerio del Ambiente de 2025, en 26 procesos de retención ejecutados por las autoridades se retiraron 42 aves mantenidas o movilizadas de forma ilegal.
Los ejemplares pertenecían a 20 especies distintas, aunque el enfoque del tráfico sigue concentrándose en aves de gran tamaño, colores intensos y alta capacidad de interacción con las personas.
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La especie con mayor número de individuos retenidos fue la amazona alinaranja (Amazona amazonica), con nueve ejemplares. Le siguen la amazona frentirroja (Amazona autumnalis) y el loro cabeciazul (Pionus menstruus), con cinco individuos cada una.
Estas aves comparten características que las vuelven especialmente atractivas para el comercio ilegal: facilidad para aprender vocalizaciones humanas, larga expectativa de vida en cautiverio y captura frecuente desde edades tempranas, factores que incrementan su demanda como mascotas.
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Entre los casos también figuran especies emblemáticas como el guacamayo azuliamarillo (Ara ararauna) y el guacamayo escarlata (Ara macao), con dos individuos rescatados por especie.
Aunque su número es menor, su alto valor simbólico y comercial incrementa la presión sobre sus poblaciones silvestres y convierte cada caso en una pérdida significativa para la biodiversidad.
El registro incluye además varias especies de pericos -como el perico cabecioscuro, el perico cachetigris y el perico caretirrojo- con una o dos retenciones cada una, algunas catalogadas en estados de conservación vulnerables.
A la lista se suman el tucán mandíbula negra, el tucán andino piquilaminado y la pava de Spix, especies asociadas principalmente a ecosistemas de bosques tropicales.
Pichincha concentra la mayor cantidad de rescates, seguida por Sucumbíos, Pastaza y Santo Domingo de los Tsáchilas. Las autoridades atribuyen esta tendencia a la demanda urbana de aves como mascotas y a las dinámicas de transporte ilegal.
Los ejemplares suelen ser movilizados en cajas pequeñas ocultas en equipaje, muchas veces con las plumas de alas y cola cortadas para impedir el vuelo y facilitar su comercialización.
El impacto del cautiverio es evidente. La mayoría de las aves llega con signos de desnutrición, bajo peso, plumaje deteriorado y malformaciones físicas, condiciones que reducen significativamente sus posibilidades de reinserción en el medio natural.
En muchos casos, el decomiso representa solo el inicio de un largo proceso de rehabilitación que no siempre culmina con el regreso a la vida silvestre, sino con manejo permanente bajo cuidado especializado.