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El aforo al 100% pone a prueba a las aulas

Los estudiantes se adaptan de nuevo o acuden por primera vez a clases presenciales. Foto: Enrique Pesantes / EL COMERCIO

Solo es posible distinguirlos por sus uniformes. Los estudiantes de la Benigno Rodas, los ‘dueños de casa’, llevan el nombre de su escuela grabado en el cuello turquesa de sus camisas. En cambio, en el pecho de ‘los huéspedes’ resalta el sello de la María Urrutia y los chicos de la Nelson Estupiñán llevan bordado el rostro del poeta afroecuatoriano.

Estas tres instituciones públicas están en el cantón Durán, en Guayas. Y por ahora todas funcionan en un plantel que ha preparado un operativo para distribuir el uso de salones y baños por separado, diferentes horarios de recreo y puertas de acceso para cada grupo.  

El plan de contingencia que da acogida temporal a los estudiantes de las escuelas en reparación se puso en marcha desde el martes, cuando se completó el regreso escalonado a las clases presenciales con el 100% de aforo en la Costa. Es un desafío que pone a prueba la capacidad de la infraestructura escolar y la habilidad de los educadores para superar las limitaciones y arrancar con las clases en las aulas después de dos años de ausencia.  

“Como dueños de casa hemos tratado de hacer lo mejor posible”, dice Mónica Cedeño. La directora de la Benigno Rodas cedió 14 salones, bancas y baños por tres meses, el tiempo que tomarán los trabajos en las escuelas vecinas. Las clases, para todos, serán combinadas, entre presenciales por unos días y virtuales durante otros.

En esta institución están matriculados 1 650 chicos de inicial a décimo año, en dos jornadas, pero el martes por la mañana solo fueron convocados 250 en un pabellón del plantel. Otros 250 de la María Urrutia ocuparon otro bloque y los 280 de la Nelson Estupiñán están en aulas móviles junto al patio.

El trabajo docente

Mientras la maestra Sandra Mora recordaba las vocales con un grupo de niños de un plantel; en la otra institución acogida, la profesora Alexandra Lima repasaba operaciones matemáticas y en uno de los salones de la escuela anfitriona, el profesor Ángel Carrión practicaba caligrafía, un poco descuidada por el uso de dispositivos electrónicos en la pandemia.

En cada grado hay entre 40 y 45 alumnos. Las bancas están muy cerca unas de otras.

Los espacios también están completos en la escuela Ángel Felicísimo Rojas de Mapasingue, en Guayaquil. Aquí están 654 estudiantes en 18 salones de dos tipos: los más nuevos tienen capacidad para 45 y los más antiguos hasta 35.

El aula de la maestra Rosa Inés Sigüencia tiene una dimensión de 6 por 10 metros y las casi 20 bancas dobles parecen coparlo todo. Ahora la prioridad es la adaptación.  

Ella está a cargo de un grupo de segundo de básica, chicos que por primera vez van a clases presenciales. En el primer día, un par lloró al separarse de sus padres para empezar la jornada lejos de casa.

“Es un reinicio -dice-. Muchos perdieron familiares durante la pandemia o estuvieron aislados por un tiempo prolongado. Necesitamos que hablen de su experiencia, que socialicen y observar su comportamiento, si saben escribir sus nombres, si logran expresar lo que sienten”.

Aquí han detectado al menos tres grupos para dar soporte socioemocional: los de inicial que comienzan su experiencia educativa, los grupos de básica que vieron postergada su llegada a la escuela y los que volvieron tras dos años a un entorno distinto.

Sebastián arrancó el quinto de básica. Por meses solo vio a sus compañeros por teléfono; descubrió que es el más alto del salón.

Esa sensación de cambio también se vivió en la escuela Miguel Donoso Pareja, en el noroeste. A este campamento de aulas prefabricadas regresó Marixa Ferruzola para su último año colegial.

“Fue impresionante vernos porque muchos cambiamos -cuenta-. Yo ahora tengo el cabello corto y uso lentes, hay compañeras que han sido madres y otras han estudiado enfermería”.  

Este es uno de los 35 campamentos del distrito Pascuales. Su montaje fue una solución temporal pero su uso, en unos casos, ha sobrepasado el tiempo de vida útil.

Por eso 22 fueron declarados en emergencia y están a la espera de arreglos que han sido programados para los próximos tres años, luego de que el Ministerio de Educación resuelva algunas complicaciones como la legalización de los terrenos donde fueron instalados.  

La intervención comenzará en cinco campamentos, entre mayo y junio. Y mientras la obra se ejecuta las clases serán semipresenciales.

Las 31 aulas de la Miguel Donoso -con 4 500 estudiantes, en dos jornadas- no tienen problemas, aunque falta mobiliario que está en reparación, explica la rectora Elena Cevallos. Algunos chicos recibieron sus primeras clases en sillas plásticas, usando sus piernas como pupitre. En otro curso con cerca de 45 alumnos usan largas mesas como escritorio común.