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Rossana Iturralde: ‘En Ecuador no hay una cultura de ir al teatro’

Rossana Iturralde, actriz guayaquileña, actuó en Ángel de Piedra, La Tigra, entre otras producciones. Foto; Galo Paguay / EL COMERCIO

Rossana Iturralde, actriz guayaquileña, actuó en Ángel de Piedra, La Tigra, entre otras producciones. Foto; Galo Paguay / EL COMERCIO

Rossana Iturralde, actriz guayaquileña, actuó en Ángel de Piedra, La Tigra, entre otras producciones. Foto; Galo Paguay / EL COMERCIO

Rossana Iturralde ha caminado por la senda de la actuación y la producción de teatro durante las últimas cuatro décadas. En ese andar se ha encontrado con un sinfín de obstáculos, pero nada comparado con lo que ha vivido el teatro en este año pandémico. Sin embargo, sigue convencida en la trascendencia que puede tener el arte para la vida de las personas.

¿Cómo una estudiante de arquitectura terminó convertida en actriz? ¿Fue algo azaroso?

Me cuesta lo que voy a decir pero no lo planifiqué. Me gradué del colegio sin saber qué quería hacer con mi vida. Fui a la Universidad Católica Santiago de Guayaquil y me inscribí en arquitectura, ahí vi mi primera obra de teatro. Un día fui a una función que el grupo El Juglar, fundado por Ernesto Suárez, presentaba en el aula magna. No quiero hacer lámpara de eso, pero en ese momento sentí como un imán que me atraía. Suárez abrió un taller y me inscribí. Para seguir con la actuación me tuve que ir de la casa. Desde ese momento me dediqué al teatro y nunca más lo abandoné.

¿Cómo era ser actriz en un mundo sin redes sociales?

Umberto Eco decía que los que participaban en las redes sociales eran una legión de idiotas. Ahora estoy convencida, con todo respeto a los que no lo son, de que la gente se ha idiotizado con las redes sociales. Empecé a hacer teatro en los años 80. Era un trabajo cercano a la propuesta que hizo Augusto Boal, con el Teatro del Oprimido y con la creación colectiva, que propuso Santiago García del grupo La Candelaria de Colombia. Había un batalla cotidiana para lograr que la gente se enterara que existía El Juglar. Se repartían volantes y gacetillas a los periódicos, eso era todo.

¿Cómo se vivía el teatro?

En esa época el teatro se vivía de otra manera, la presencia física era fundamental. Siento que ahora la tecnología nos ha distanciado demasiado de esa forma de contacto.

¿Si el movimiento #MeToo hubiera estallado en los 80 o 90, hay hombres a los que usted hubiera denunciado por acoso?

Como mujer me ha costado muelas, no por el acoso en sí mismo, sino por vivir en un sistema patriarcal. Hay un actor que dijo que yo era poco menos que la vedette de turno de los gobiernos, porque podía conseguir fondos para el festival que organicé por algunas ediciones. Creo que le daba rabia que pude sacar adelante este festival. Cuando todavía existía el Seseribó había veces en que las artistas teníamos ganas de ir solo entre nosotras y, claro, nos acosaban, yo me ponía bravísima y me peleaba.

En 1990, se estrenó ‘La Tigra’, ¿cómo se grabaron las escenas eróticas, hubo curuchupismo?

Personalmente tuve problemas al interior de mi familia, pero con el equipo de trabajo ninguno. No sentí curuchupismo por parte de nadie. En 1995, hice una película con el Pocho Álvarez que se llama ‘En un rincón del alma’, en la que había varias escenas eróticas. Para mí fueron difíciles de hacer. No sé qué les habrá pasado por la cabeza a las personas que estaban en el set, pero igual sentí mucho respeto. Lo que sí es terrible es lo que le pasó a la actriz de ‘El último tango en París’. Maria Schneider no sabía lo que le iba a hacer Marlon Brando, eso fue una violación. Para mí nada justifica la violencia de un ser humano en contra de otro.

Fue la productora del festival Fite Q por varias ediciones.

Ese fue un proyecto que comenzó como una iniciativa pública, que luego se convirtió en privada. Carmen Ponce Leiva, que era funcionaria de la dirección de educación en la época de Roque Sevilla, me llamó para que dirija la edición de 1999. Al año siguiente se dejó de hacer porque al alcalde no le interesó. Cuesta entender cómo una persona que tiene una visión de la vida como la de Sevilla no se haya interesado por la cultura, porque la cultura es todo. Después decidí seguir solita con el festival y se me metió en la cabeza que tenía que traer a todos los grupos que había visto cuando viví en Alemania, como el Odin Teatret, de Eugenio Barba, y que ya habían pasado por toda Latinoamérica menos por Ecuador.

Si hay alguien en el mundo del teatro que sabe de vivir en confinamiento es Bernarda Alba.

Bernarda Alba estaría feliz de que estemos confinados, porque era una mujer muy autoritaria y terrible con sus hijas, a las que tenía encerradas. Ese confinamiento desató entre ellas una serie de problemas psicológicos. A ella, le hubiera venido perfecto este confinamiento. García Lorca no hubiera pensado lo mismo. Él era un hombre de un pensamiento que estaba muy comprometido con su tiempo. Sus obras dan cuenta de eso. A través de ellas siempre está transmitiendo al público los efectos, falencias y vacíos que le tocó vivir en España.

El teatro se está intentando adaptar a un formato virtual, ¿cómo le va con esa tarea?

No creo en el teatro virtual. En ese formato no se puede romper la cuarta pared, sin embargo, me he tenido que adaptar. El crítico teatral Jorge Dubatti dijo hace poco que nos toca adaptar, pero que no había que olvidar que la convivencia es muy importante. La situación es complicada porque acá no hay una cultura de ir al teatro, como existe en otras partes, ahora a eso hay que sumarle las restricciones que existen por la pandemia.

¿Es inevitable desear el reconocimiento?

Te voy a ser bien franca, cuando me vino este asunto de que la gente me reconozca en la calle, lo viví de una manera muy extraña. Hubo momentos en los que me sentí contenta porque pensaba que la gente que me había visto en ‘La Tigra’ o en ‘El ángel de piedra’ iba a ir al teatro, pero eso no pasó. Acá es complicado aspirar a que una sala pequeña, con capacidad para 80 personas, esté llena para una función. También depende del tipo de obra que hagas, porque si tiene humor es menos complejo, pero si es un drama como ‘Cartas cruzadas’ es durísimo que estén 25 personas.

¿Por qué acá los actores son sensibles con el tema de la crítica?

Personalmente creo que el teatro no puede vivir sin crítica. El problema es que acá no hay la tradición de críticos de teatro que existe en España o Francia. Allá, tienen un acervo de teatro que va más allá de la simpatía o no que tienen con los actores.

TRAYECTORIA

Fue parte de El Juglar y Saltimbanqui de Guayaquil. Incursionó en el cine y en la televisión. Creó la Corporación Teatro Tragaluz. Produjo varias ediciones del Fite Q. Sostiene que las dramaturgas y directoras siguen en la periferia del movimiento teatral.

Esta entrevista se publicó originalmente en la edición impresa de EL COMERCIO, el 9 de abril del 2021.