7 de July de 2010 00:00

¡'Y el tren llegó!

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Patricio Quevedo Terán

Ese 25 de junio fue un día inolvidable para los 80 mil habitantes de Quito. Cierto que era el onomástico del Presidente de la República, quien cumplía 66 años, pero lo que hizo singular a ese día fue que entre la sorpresa de unos, el temor de otros y la curiosidad de todos, la locomotora a vapor número 8, con sonoros resoplidos se iba acercando a la estación de Chimbacalle y con ella culminaba un 1908 el viejo sueño de unir a Guayaquil con la capital de la nación.

La última hija del Mandatario, América Alfaro Paredes, remachó un clavo de oro al término de la línea. Jorge Pérez Concha el más ponderado de todos los biógrafos de Alfaro, anotó en su libro clásico: “Hubo un paréntesis de paz en medio de las luchas fratricidas y como un solo hombre, el país reconoció la grandeza espiritual del Mandatario que, al cabo de tanto tiempo, había logrado no solo vencer a la naturaleza, sino también imponerse ante los hechos' la magna obra concebida había llegado hasta su fin”.

También precisó Pérez Concha que en conmemoración del trascendental acontecimiento, el Gobierno puso en circulación una serie de estampillas, conteniendo en sus diferentes valores una reproducción la locomotora, una vista del Chimborazo, y las imágenes de García Moreno, el presidente Alfaro, el ex ministro Moncayo, el empresario Archer Harman, el multimillonario Sivewrigth, o sea, “las personas que en primer término, contribuyeron a la realización de la obra cuyo fin se celebraba”.

En efecto, se dio la reveladora coincidencia ‘del iniciador’ y ‘el culminador’ del proyecto: García Moreno y Eloy Alfaro, aparentemente muy contrarios entre sí; el primero arrancó con la vía férrea desde Durán y avanzó unas 44 millas hasta que la falta de recursos económicos le obligó a detenerse. Luego los llamados presidentes ‘progresistas’ estudiaron diversos trazados, pero subsistía el problema mayor, es decir, el salto del ferrocarril desde el nivel de la Costa hasta las tierras altas de la Sierra.

Ocurrida ya la revolución liberal, Alfaro impulsó decisivamente el proyecto: él contrató con el estadounidense Archer Harman; logró los fondos mediante la reconversión de la antiquísima deuda de la independencia; ejecutó el casi increíble tramo llamado de La Nariz del Diablo y siguió avanzando entre las provincias del callejón interandino, hasta rematar en la capital de la República.

Por cierto durante el trayecto calculado en 390 millas, con un costo inicial de 17’532.000 mil dólares, hubo aludes y derrumbos, murieron centenares de obreros y se discutieron encarnizadamente las condiciones financieras de la reconversión de la deuda externa, pero todo obstáculo fue vencido. Tres años y medio más tarde, Alfaro y sus cercanos colaboradores derrotados vendrían por la misma vía desde Guayaquil hasta el Panóptico de Quito, donde serían sacrificados. (!!).

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