Óscar Vela Descalzo

Las voces de la tragedia

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Las reacciones de los damnificados por el terremoto son diversas: algunos se han ido pero van a volver cuando la tierra se calme, otros se fueron con lo poco que tenían y no piensan regresar jamás, y una gran mayoría ha decidido quedarse.

Las voces de unos y otros recogen, sin embargo, sensaciones coincidentes, algunas normales en este tipo de catástrofes, otras verdaderamente curiosas. Por ejemplo, varias personas confirman que inmediatamente después del terremoto el tiempo pareció haberse detenido. Este fenómeno se potenció porque la oscuridad lo envolvió todo en el instante mismo del temblor. Entonces, el pánico creció y los minutos se convirtieron en horas y las horas fueron como noches enteras. Hasta que al amanecer, por fin, se descubrió la verdadera dimensión de la tragedia.

Varias personas dicen que con la llegada del día el tiempo aceleró otra vez su paso. La realidad, espeluznante, les devolvió la conciencia. A partir de ese momento todo fueron prisas y desenfreno. El hallazgo de gente con vida fue una inyección de fortaleza en medio de la desgracia, pero cuando concluyeron oficialmente las labores de rescate y la maquinaria empezó la remoción de escombros, todos cayeron otra vez en ese estado de trance que suele seguir a los grandes desastres. Y luego el silencio se apoderó de las zonas afectadas y el tiempo se alteró nuevamente alargando de forma inexplicable las horas del día y extendiendo las noches hasta hacerlas interminables.

Las voces de la tragedia hoy tienen al miedo como compañero inseparable. Por las noches duermen a la intemperie bajo toldos improvisados, soportando el calor, la humedad y las nubes de mosquitos que los asedian. A veces también llegan las lluvias de temporada y se vuelve imposible conciliar el sueño. Pero a pesar de las circunstancias, los que conservan sus casas aún no quieren regresar a ellas. Durante el día todos son seres errantes en cuerpo y alma, son adultos y niños, son viejos y jóvenes, pero cuando oscurece vuelven a ser chicos, y el miedo los sorprende una vez más añorando quizás el abrazo protector de sus padres.

Pero a pesar del temor natural que les embarga y del tiempo que se ha ralentizado de forma incomprensible, sus voces se elevan para decirnos que están vivos. Y así, enteros y fortalecidos, nos reciben en sus pueblos con un maltrecho cartel escrito con letra patoja que dice: “Aquí nos quedamos. Este es nuestro hogar”.

Las voces de la tragedia reflejan en el presente la entereza de aquellos que, aunque lo han perdido todo, empiezan a levantarse. Son esas voces las que abren otra vez los comercios a pesar de que a su alrededor solo hay ruinas. Son esas voces las que atienden los pequeños restaurantes y fondas. Son esas voces las de los pescadores que se lanzan de nuevo al mar. Son esas voces las que agradecen la ayuda recibida, las que nos piden que no nos olvidemos de ellos, las que nos invitan a volver a sus pueblos para empezar juntos una nueva era.