Rodrigo Fierro

Vivir en paz, aspiración suprema

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La decapitación con cuchillo de tres ciudadanos angloamericanos, ante los ojos del mundo, por militantes musulmanes fundamentalistas que pretenden crear un califato en territorio sirio-iraquí, aparte de execrable, debería llevarnos a consideraciones históricas que a mi juicio son procedentes.

Entre la civilización conocida como occidental y cristiana (dejemos lo de judeo-cristiana) y la musulmana, la que se inició con la hégira el año 622 de la era cristiana, son seis siglos los que hacen la diferencia.

Diferencia que ha ido acortándose dados los avances tecnológicos y el intercambio de las ideas entre los intelectuales de aquellas civilizaciones. Ello no obstante puede afirmarse que el Renacimiento y la Revolución Francesa, para los más de los pueblos árabes musulmanes, o no llegaron o llegaron con mucho retraso a formar parte de la conciencia colectiva.

Desde luego que entre los árabes no faltaron los librepensadores, como aquellos que fundaron la sociedad “Hijos de los hombres”, los que se resistían a los dogmas, los que por saberse miembros de la especie humana se asignaban el derecho a pensar, a elegir. Fueron exterminados por el Corán. La dinastía que fundó el primer califato, en Damasco, el de los Omeya, se vio en la necesidad de irse lejos, muy lejos, y en la Península Ibérica fundó el Califato de Córdova, con sus pensadores, matemáticos, astrónomos, médicos famosos, una luz en el cielo de Europa. Concluyó por desaparecer exterminado por quienes llevaban la voz del Corán unos y la del Evangelio otros.

La historia de Occidente, pese a sus grandes logros y contribuciones al desarrollo del pensamiento filosófico, no es como para ser reprisada o como para ser tenida como un paradigma. A salto de mata: la Inquisición, las feroces luchas entre católicos y protestantes (i.e. La Noche de San Bartolomé), la expulsión de pueblos enteros en la Península Ibérica, la destrucción de los códices mayas, la introducción del opio en China, la liquidación de los Quilmes, los campos de exterminio de judíos, la destrucción de la milenaria Biblioteca de Sarajevo, las invasiones a países árabes justificadas con patrañas.

Sí, execrables las decapitaciones que se vieron por TV. Produjeron horror, indignación, de un impacto tal como que fueron vistas en vivo y en directo. Execrable también, digamos, el final de Rumiñahui quemado vivo, hace siglos es verdad, pero como si fuera ayer en la memoria de un pequeño país.
No quiero meterme en honduras. Ante los hechos atroces que se producen en el mundo entero, la mayoría silenciosa de agnósticos, “judíos, moros y cristianos”, lo que anhela es vivir en paz. Que las corporaciones y las mafias dejen de gobernar el mundo. Según opinión del papa Francisco, que sean echados del Templo los mercaderes de armas: americanos, franceses, ingleses, chinos, rusos.

rfierro@elcomercio.org