Milagros Aguirre

El virus de la inquina

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Ecuador era un país de gente amable. Era. Parece que ya no lo es. Es una pena pero el país se enfermó. Padece de los síntomas de una enfermedad irritante, incurable y progresiva: la violencia. Da pesar, por decirlo de algún modo, la violencia que se ejerce desde las redes sociales que es un reflejo de la sociedad descompuesta. Violencia impúdica que retrata a un país con más de un malestar: el odio y una supuesta ideología como caldo de cultivo de los peores sentimientos.

Algo está mal en el corazón, en los tuétanos de la sociedad. Da grima comprobar cómo los tan mentados troles y tuiteros sueltan toda su bilis y todo su veneno a la mínima provocación, a la mínima crítica, al mínimo cuestionamiento sobre la esfera pública.

Se han cerrado las puertas del debate constructivo. No hay posibilidad de llevar un desacuerdo, de discutir sanamente, de ejercer el derecho a la palabra o al pensamiento. No. La cosa es con amenazas, con intimidaciones, con grosería y media, sembrando miedo, inseguridad, burlándose del otro, haciéndole añicos, acosándolo, linchándolo, amedrentándolo, en una incontinencia de adjetivos calificativos que llegan ya a lo escatológico.

Escondidos tras nombres virtuales, trolers y tuiteros dejan ver el pus de una sociedad con heridas profundas, una sociedad extremadamente intolerante, profundamente machista y descalificadora que pretende zanjar cualquier debate a puñetes y patadas, lo mismo el oficialismo que la oposición, ambos capaces de salpicar veneno cobardemente, escondidos tras nombres ficticios en las redes sociales. Estos síntomas han ido en aumento y, como suele pasar con la fiebre, han llegado a los delirios.

Delirio de querer defender a patadas una causa, a pretexto de una supuesta lealtad y una supuesta honra y para ello, aprender a maltratar al prójimo, como hemos podido ver, avergonzados, en videos de un supuesto día campestre en donde se preparaban hombres y mujeres militantes para infiltrarse y crear camorra y confusión en marchas opositoras.

Delirio de hacer públicas direcciones domiciliarias, fotos y teléfonos, de periodistas que no gustan al oficialismo con amenazas de tinte mafioso.

Una pena. El país que se supone que ama la vida, con gente afiebrada, dedicada a vilipendiar al vecino, a hacerle daño al prójimo, a atacar sin piedad y sin tregua, a insultar con lengua de fuete y a amenazar al estilo gansteril, superando los límites de lo tolerable.

Una violencia manifiesta y generalizada, aupada en gran medida por el propio Estado, que es quien debe velar por el bienestar de todos sus ciudadanos, está ahí, enquistada, como un virus peligroso en la sociedad ecuatoriana. Un país dividido que quiere imponer verdades absolutas a palos y a puñetes, cobardemente. ¿Hay algo que pueda justificar tanto encono?

maguirre@elcomercio.org