Monseñor Julio Parrilla

La viga maestra

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Hoy, 20 de noviembre, se clausura en San Pedro de Roma y en todo el mundo católico el “Año de la Misericordia”. No puedo dejar de lado semejante efemérides, pues la misericordia es la viga maestra de la espiritualidad cristiana. Lo cierto es que este Año conmemorativo ha sido una gran oportunidad para pronunciar palabras y realizar gestos (con resonancia mundial en el caso de Francisco) que no sólo alimentan la fe de los cristianos, sino también la esperanza de este mundo nuestro, necesitado de sentido ético y humanizador. Algo sólo posible en la medida en que un hombre es capaz de ponerse en el lugar de otro hombre, cualquiera sea su raza, cultura o religión.

Durante demasiado tiempo hemos puesto distancias insalvables entre el Dios omnipotente y el pobre ser humano. Esas distancias, llenas de durezas e incomprensiones, tuvieron como consecuencia la ruptura inevitable entre la fe y la vida. De nuevo, por los infinitos templos del mundo, resonó la locura de que eran más importantes los sacrificios que la compasión. Gracias a Dios, no faltaron los santos, ni los profetas, ni los papas, que nos recordaron las palabras sencillas del Nazareno: “Ámense como yo les he amado, pues sólo así les reconocerán como mis discípulos” (Jn. 13,34-35). Así, la viga maestra es la que justifica la presencia de la Iglesia en medio del mundo.

Sólo entonces podremos hablar de ternura, fortaleza, solidaridad, liberación,… Y más que nunca en estos tiempos inclementes, en que parece que cada uno va a lo suyo y sólo nos unimos para divertirnos, hacer el gran negocio o escalar el gran poder. A pesar de ello, la misericordia sigue siendo sinónimo de amistad, de lealtad, de fraternidad, de proyecto solidario a favor de los hombres empobrecidos y de los pueblos avasallados. No deberían de olvidarlo ni los maestros, ni los sacerdotes, ni los políticos,… nadie que tenga como objetivo de su vida y de su actuación la construcción de un mundo mejor.

Muchos piensan que a lo único que podemos aspirar es a una vida más cómoda, mecida por el consumo, la tecnología o el reconocimiento social… Nada más falso. El hombre puede no sólo desear, puede comprometerse en un proyecto de vida que afirme, sobre todas las cosas, la dignidad de su ser personal, capaz de amar y de ser amado de forma gratuita y amigable. Me parece maravilloso que nuestros políticos nos aseguren un futuro feliz en el que hasta los perros, libres de impuestos, estarán atados con longanizas, pero lo cierto es que no sólo de pan vive el hombre.

Alguien tendrá que hablar un lenguaje nuevo (y no sólo el lenguaje manido de las promesas electorales). Un lenguaje que proponga verdades y que no las imponga, que respete la libertad de cada ser humano y promueva el derecho y la justicia. Un lenguaje político… ¿de misericordia? ¡Claro! Somos un pueblo demasiado maltratado y necesitado como para olvidarnos de ella.