Jorge Mejía

El viaje único de Francisco

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2 de junio de 2014 00:18

La Nación, Argentina, GDA

Ningún viaje papal a Tierra Santa se parece del todo al que el papa Francisco concluyó. Por lo pronto, fue un viaje triple, a tres naciones, dos de las cuales, Israel y Palestina, están en principio todavía en guerra; y aun este último país sigue hasta ahora dividido en dos.Sin duda, estaban de por medio la conmemoración y, más aún, la renovación actualizada del encuentro del papa Pablo VI con el patriarca Atenágoras. Aunque aquí también se presentaba un desafío, sus términos parecían mucho más simples y más bien cobraban el aire de una solemne confirmación, que, claro, no podía ser reproducida como tal, sino enriquecida.

El mismo radical cambio de ambiente movía ya a esperar una especie de nuevo principio. El papa Pablo VI y el patriarca Atenágoras se encontraron en la delegación apostólica en Jerusalén; es decir, en territorio vaticano. Esta vez, Francisco y Bartolomé se encontraron en terreno sacro. Más sacro imposible: frente a la tumba donde por tres días descansó el cuerpo sacrosanto del hijo de Dios, descendido de la cruz y allí mismo resucitado. Semejante ambiente no podía menos que dar otro sentido y otra dimensión al encuentro. Basta leer la declaración común para convencerse. Ambos son conscientes de que la unidad canónica, litúrgica y sobre todo eucarística no ha llegado todavía. Y lo declaran. Pero el intercambio, la profesión de plena cooperación y la mutua profundidad religiosa están ya allí, y llegados a un punto donde lo que falta sería la única consecuencia lógica.

Es verdad que Bartolomé no es el jefe único y la cabeza indiscutida de toda la Ortodoxia. Y se advierte que, en cuanto es posible saber, el patriarcado ruso estaba ausente. Quizás el futuro concilio de las iglesias ortodoxas, ya en preparación, contribuya a que la Ortodoxia entera y la Iglesia Católica logren dar, por la gracia de Dios, el paso que falta.

El viaje apostólico de Francisco se distingue por características que no hay que dudar en calificar de únicas. Y esto, por lo que dijo en determinadas ocasiones y por las públicas propuestas que tuvo el ánimo de hacer. La más notable, la de invitar a los dos máximos dirigentes palestino e israelí a encontrarse en el Vaticano, su casa. No para discutir sobre la paz y sus posibles caminos, sino para orar juntos por ella. Hay que subrayar netamente la distinción que, además, salta a la vista. No se trata de discutir sobre la paz, los recursos y medios para promoverla y evitar o resolver conflictos.

Se trata de orar. Es decir, recurrir a la vocación religiosa y al compromiso de cada uno con su conciencia de la propia vocación de hombres que creen, a su modo y a una distancia tan grande como el judaísmo y el Islam. Cómo esto se puede realizar, queda en la fecunda imaginación del papa Francisco.

Quizás esto mismo sea la garantía del sentido de la invitación, que se fía absolutamente del Dios en quien unos y otros creen, y no en cualquier medio terrestre, por eficaz que sea. Esperaremos el resultado y ante todo oraremos por él.