Susana Cordero de Espinosa

Me río de los versos

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La poesía no es un instante; no es un poemario: es una vida que no se desmiente. Si no se limpia, juzga y perfecciona, no es poesía ni es vida.

César Vallejo es el poeta mayor de nuestra América, el más corto, el más lúcidamente silencioso. El que en París sufrió de hambre y de sed: el poeta pobre que murió en la ciudad-luz, como predijo, ‘tal vez un jueves, como es hoy, de otoño’. El poeta de la guerra de España que comprendió que ‘hay golpes en la vida tan fuertes…’ y rogó al combatiente muerto: ‘¡No mueras, te amo tanto!’, aunque ‘el cadáver, ¡ay!, siguió muriendo’.

En París, desesperando entre los intelectuales antifascistas, Vallejo sigue el desarrollo de la guerra vecina; quizá es él el que más sufre esa guerra que, en sus palabras, ‘no es sólo una contienda fratricida, sino la lucha de lo mejor contra lo peor del género humano’. Él, ‘el poeta que pone tanto amor en las cosas’, sabe que la historia es cotidianidad de vida y muerte, de esperanza y de pena; que es más histórica la muerte de cada Pedro Rojas, humilde combatiente que parte con una cuchara en el bolsillo, que la de los arduos generales: ‘Solía escribir con su dedo grande en el aire: / ¡Viban los compañeros! Pedro Rojas, / de Miranda del Ebro / padre y hombre / marido y hombre / ferroviario y hombre. // Y / registrándole, muerto, sorprendiéronle / en su cuerpo un gran cuerpo, para / el alma del mundo, / y en la chaqueta una cuchara muerta’. (¿Quería, Pedro Rojas, llegar al fin de la guerra con una cuchara para el hijo pequeñito, que reemplazara su mano cuando hubiera, si acaso algún día hubiese, algo para comer?).

1937: ‘El heroísmo del soldado del pueblo español brota de una impulsión espontánea… Es un acto reflejo, medular, comparable al que él mismo ejecutaría, defendiendo, en circunstancias corrientes, su vida individual’, dice, sobrecogido, Vallejo. Hacía semanas había estado en Valencia de España, en momentos, vidas y muertes cuyo acento de sangre hicieron exclamar a Malraux: “En este instante, al menos, una revolución ha sido pura para siempre”.

Vayan estas palabras por los ciento veintisiete (?) muertos en la guerra que, sin contemplaciones, mata la poesía; en la estúpida guerra de Venezuela, la del narcogobierno y el narcomilitarismo, sin lo cual es impensable lo que sucede y no sucede en la hermana nación. País en cuya deriva que los insensatos bendicen, podríamos, ¡Dios no lo quiera!, encontrarnos un día.

Mientras tanto, riamos, por no poder más, de la revolución que se nos ofreció. De esa, ‘para los pobres’, que derrochó y robó e hizo en dos tris, ricos a los ya ricos, paupérrimos a los pobres. Riamos de las exaltaciones proMaduro, proOrtega, proRosarioMurillo, prolopeordetodo, de la poeta cuyo poemario (¿‘Loba triste’?) entusiasmada, yo presenté un día de hace años.

Río de mi fervor y de mi pena. Y de los premiados y beneficiados que agradecen al ex, premios y prebendas, con silencio vergonzante y acrítico.

Porque la poesía es vida o no es.