Gonzalo Ortiz

Las vacaciones de Glas

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Coumnista invitado

No contento con todas las afrentas que ha hecho al Ecuador ––la justicia deberá determinar si es que hubo delitos y sus penas porque el Procurador ha encontrado indicios graves de asociación ilícita y el Fiscal está investigando posibilidades de cohecho, lavado de dinero y otros delitos––, no contento con afrentar al país, digo, Jorge Glas nos tenía reservada la mayor de las humillaciones: pedir vacaciones de su cargo mientras guarda prisión.

¿Cómo puede alguien tener vacaciones si no tiene funciones? Estas le fueron retiradas por el presidente Moreno el 3 de agosto, por decreto. Allí, además de privarle de funciones como vicepresidente, expresamente le apartó del Consejo Sectorial de la Producción, el Consejo Productivo y Tributario, la Superintendencia de Control de Poder del Mercado y el Comité para la reconstrucción de las zonas afectadas por el terremoto.

De ser vicepresidente no puede pedir vacaciones. Lo que debería hacer, si tuviera un poco de vergüenza, es renunciar, dar el “paso al costado” que hasta su compañero de jornadas correístas, José Serrano, le ha pedido.

Pero no, Glas primero optó por negarlo todo y luego por una ridícula estrategia de hacerse la víctima diciendo que era objeto de la persecución de Moreno y del “mayor linchamiento mediático de la historia”. Pero las pruebas, sobre todo las venidas del exterior, desde Brasil y Estados Unidos, se acumularon de manera tan contundente que el Fiscal no tuvo más que pedir el cambio de medidas cautelares y empezar a investigar otros delitos, mientras el Procurador presentó la acusación como abogado del Estado.

Nunca en la historia ecuatoriana se ha dado este vergonzoso caso de tener en la cárcel al vicepresidente en ejercicio acusado de un delito. Carlos Julio Arosemena, por ejemplo, estuvo en la cárcel en noviembre de 1961, pero por razones políticas, y de ella emergió a los dos días como presidente de la República porque Velasco Ibarra no pudo concitar el apoyo del Congreso y las Fuerzas Armadas. Pero nadie acusó a Arosemena de delitos comunes sino de un hecho político: fraguar un golpe, intentar sublevarse contra el presidente, en medio de la polémica instalada después de la represión en Cuenca ese 3 de noviembre y la agitación nacional (que luego, por el libro de Philip Agee se supo fue, en buena parte, financiada y promovida por la CIA).

El Ecuador, hundido por la ignominia de quienes se asociaron ilícitamente y convirtieron su ejercicio del poder en un mecanismo de corrupción (reconocido ayer mismo por el presidente Lenin Moreno en su diálogo con los periodistas), necesita reivindicar su vocación de decencia y libertad. El Ecuador no es lo que Glas pretende ni de él pueden burlarse impunemente los corruptos. Un pueblo digno, honrado y trabajador no será jamás juguete de corruptos.