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ENRIQUE PINTI
La Nación, Argentina, GDA

El equilibrio, la sensatez, la reflexión y la mayor objetividad posible se han convertido en utopías muy difíciles de conseguir.

Las sociedades prefieren a la larga o a la corta los extremos, los contrastes violentos y las soluciones radicales, impiadosas y muchas veces sangrientas.

O se castiga con severidad extrema a quien muchas veces por falta de oportunidades razonables de obtener educación y medios para conseguir un nivel de vida aceptable aun dentro de límites modestos, o se permiten todo tipo de desmanes, excesos, delitos y crímenes aberrantes ignorando el derecho a vivir en paz y sin sobresaltos. Pasamos de la justicia inflexible e inhumana a las libertades condicionales sin rigor ni selección.

O se hacina en lugares inmundos al delincuente, sin discriminar quien es primerizo en el delito y tiene una posibilidad mayor de redención, haciéndolo convivir promiscuamente con forajidos sin el menor freno moral que se convierten en maestros del horror logrando pudrir lo poco o mucho de bueno que podría redundar en convertir a un joven que cometió una equivocación en un gángster hecho y derecho. O se los pone en lo que la sabiduría popular ha bautizado como “puerta giratoria”, o sea entrar por una y salir por otra a una velocidad que habilita al ladrón para seguir robando impunemente.

Pasamos de la justicia inflexible e inhumana que tan bien pintó el magistral Víctor Hugo de ‘Los miserables’ con ese hombre pobre condenado a trabajos forzados por robar un pedazo de pan y que será perseguido por años y años por un inspector inflexible, psicótico y sádico, a las libertades condicionales sin rigor ni selección gracias a las cuales golpeadores, asesinos y violadores reiterados salen para volver a cometer sus tropelías.

Se crean estados policiales extremos con total negación de las libertades individuales y de la privacidad o se mira para otro lado haciendo la vista gorda a excesos perjudiciales para la salud física y mental de la sociedad.

Se prohíben arbitrariamente obras de arte por considerarlas obscenas o se permite solapadamente la pornografía infantil y hemos pasado de la paloma mensajera a las redes sociales sin el menor control pasando por todo tipo de comunicación que ha convertido al mundo en un “gran hermano”, donde todos espían a todos con intrusiones en la vida íntima.

Hemos ido desde la tiranía de padres autoritarios y pegadores a la relación confianzuda y sin límites ni roles claros entre familias disfuncionales y descalabradas y desde hijos anulados a padres maltratados y denigrados.

Así, en nombre de la decencia, la moral, las buenas costumbres, el orden y el respeto sumiso a cualquier tipo de autoridad o autoritarismo, o en nombre delas libertades individuales, la autoestima, la identidad, el derecho a disentir, el respeto a las diferencias de género, conducta sexual o raza y condición social, se crean, re-crean, derogan, anulan o establecen pautas de vida que, al no admitir ningún tipo de equilibrio y funcionalidad de acuerdo a los avatares que sin duda condicionan nuestra existencia, se vuelven obsoletas y anacrónicas provocando revueltas y descontentos sociales que inevitablemente llevan a enfrentamientos de impredecibles consecuencias.

¿El sentido común y la solidaridad? Mal, gracias.