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En 1516, gracias a su amistad con Erasmo de Rotterdam, Tomás Moro publicó en una imprenta de la ciudad universitaria de Lovaina, un pequeño libro llamado a adquirir universal prestigio y a impactar en las ideas políticas de esa época y de todas las épocas. Se lo conoce con el nombre de ‘Utopía’.

El libro se compone de dos partes. En la primera, pensando seguramente en su tierra inglesa natal, Moro ofrece velados consejos para gobernar bien: evitar las guerras y los despilfarros así como los abusos de poder que dan nacimiento a la tiranía y observar mesura para castigar sin venganza. Los gobernantes –advierte- han de estudiar filosofía, ser doctos en las realidades humanas y trabajar con el fin de mejorar la sociedad, sin pretender construirla o refundarla desde los cimientos.

En la segunda parte, Moro describe un sistema de gobierno diferente, igualitario, nacido de la voluntad popular, vigente en una isla descubierta presuntamente por Américo Vespucio, en donde no existen ni propiedad privada ni moneda. Sus ciudadanos, limitados en número, tienen reglamentado acceso a los bienes de la tierra. El trabajo colectivo es obligatorio, especialmente en el agro, para garantizar los alimentos. Todas las casas son iguales y sus habitantes cambian de residencia cada diez años para evitar que nazca en ellos la idea de propiedad.
Tomás Moro aludió en su ‘Utopía’ a las ideas de Sócrates, recogidas y explicadas por Platón en la ‘República’. Tampoco le fueron extraños los estudios teológicos de Santo Tomás en ‘La Ciudad de Dios’. No pudo haber ignorado el significado atribuido al término “platónico”, usado no tanto para identificar al filósofo griego como para definir lo improbable. De la misma manera, su libro fue la expresión de lo idealmente concebible pero con insuficiente asidero en la realidad. Así, la ‘República’ platónica y la ‘Utopía’ de Moro entraron juntas en el mundo de las teorías. El propio Moro lo reconoció al decir en su libro: “Las cosas de ‘Utopía’ más deseo que confío llegarlas a ver en nuestras ciudades”.

Sin embargo, su influencia en el campo de la historia de las ideas es considerable, no solo en los trabajos de filósofos como Voltaire, Kant, Hegel y Marx sino, sobre todo, en la vida doméstica de los seres humanos que aman platónicamente y buscan construir su propia utopía.

Moro vivió en la época del absolutismo. Enrique VIII le encargó importantes responsabilidades pero, al no poder doblegar sus principios religiosos, dispuso su decapitación en 1535.
Francisco de Quevedo fue un admirador de la ‘Utopía’, libro pequeño en su formato pero grande en sus ideas, a punto que el gran español dijera de Moro “escribió poco y dijo mucho”.
El año próximo, la ‘Utopía’ de Moro cumplirá 500 años. Universidades, academias y poderes públicos deberían celebrarlo.

jayala@elcomercio.org