9 de March de 2011 00:00

La trivialización de la política

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Una de las maneras más efectivas de degradación del sistema democrático es convertir lo trivial en algo trascendente. Hacer del espectáculo que surge del mismo la razón del debate ciudadano dejando a un lado cuestiones trascendentes como la pobreza, el desempleo, la inseguridad o la inequidad social. En el camino de evitar comprometerse con las cuestiones espinosas nuestros políticos discuten sobre la trascendencia de la corrida de toros, el cambio de sexo de algún personaje truculento o la infalibilidad del Papa. El manual de la trivialización dice que todo esto debe ir acompañado de apariciones permanentes en los medios en monólogos reiterados que busquen capturar la atención ciudadana alzando la voz y amenazando con algún castigo particular. Todo cabe en este período de distracciones en que la abundancia de recursos no se ha materializado en una mayor calidad de la democracia como sistema político.

Pareciera que capturar la atención de lo popular por cualquier mecanismo sea el fin último de la política no dejando a su paso ningún espacio para la acción seria y comprometida de la dirigencia política. No es de extrañar por lo tanto que el payaso Tiririka en Brasil sea hoy diputado y reclame con voz de trueno ser miembro de la comisión de educación y cultura. Tanto se ha hecho en trivializar la política y convertir lo payasesco en el centro de atención pública que hoy los payasos y los triviales han decidido tomar por asalto el poder y reclaman sus espacios desde donde degradar aún más al sistema.

La cuestión es divertirse y divertir pero a un costo tremendo en términos de oportunidades perdidas, recursos dilapidados y aumento de los índices negativos de calidad de vida. ¿De qué ha servido que Chávez cantara corridos mexicanos en largos monólogos si el país pobre que lo aupó al poder es hoy víctima del mayor número de secuestros y crímenes de la historia de Venezuela? Los payasos pueden servir para descontraer y distensionar pero no les alcanza para librarnos de los grandes problemas que requieren gobiernos eficaces, serios, responsables, comprometidos. Que hagan de la política parte de un ejercicio científico donde el arte no sea otro que la estética aplicada a los resultados.

Buscar hechos secundarios es escaparse por la tangente que finalmente es no asumir la tarea que cualquier Gobierno democrático está obligado a cumplir: administrar un país con la responsabilidad de mejorar la calidad de vida de sus ciudadanos. Los electores deben estar atentos a esta nueva forma de “hacer política” que probablemente sea el mejor método que han conseguido implementar aquellos para quienes la pobreza, el desempleo y la inseguridad no son cuestiones trascendentes porque para ellos la distracción de la gente es el éxito de la acción gobierno.

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