Grace Jaramillo

La tragedia de ‘Occidente’

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Sorprendente escuchar el discurso de Barack Obama ante Naciones Unidas. Esta semana, el Presidente estadounidense que prometió cambiar para siempre la relación de Occidente con el Islam, sonó mucho más parecido a George W. Bush, hablando otra vez del “mal” definido así a secas. Es una tragedia que el Presidente que prometía otro enfoque internacional haya caído en el maniqueísmo orientalista (como diría Edward Said) de ver siempre a los otros como el problema o peor, como “el mal en sí mismo”.

Pero al igual que Bush, omite el otro lado de la historia. Esta es la tercera vez en apenas 25 años, que Estados Unidos desplegará fuego en Iraq. Es también muy conveniente omitir el hecho de que este movimiento terrorista a gran escalada denominado Estado Islámico (EI) existe en primera instancia porque el segundo Bush decidió invadir Iraq en 2002, justificando su invasión con una serie de mentiras.

La invasión tenía como meta principal deponer al régimen de Saddam Hussein y desbandar sus Fuerzas Armadas, mayoritariamente sunitas. Pero al hacerlo crearon una legión de hombres marginalizados y humillados por el nuevo Régimen de mayoría chiita que fueron conformando milicias para combatir a los invasores y a los nuevos detentadores del poder. En algunos casos se aliaron con Al Qaeda, en otros no. Al final Abu Bakr se alzó con el liderazgo de los grupos dispersos y creó un ciclón llamado EI.

Y funciona literalmente como un ciclón, arrasando pueblos, destacamentos y cuarteles donde se apodera precisamente del equipo que fue proporcionado por Estados Unidos años atrás. Hoy, la capacidad de hacer daño de EI es 10 veces mayor que la de Al Qaeda. Todo lo cual demuestra que las intervenciones militares violentas son como la Hidra de Lerna, la mítica serpiente policéfala, a la que cada vez que le cortan una cabeza le salen dos.

¿Es realmente la intervención estadounidense la que la va a parar? La evidencia dice lo contrario. Las intervenciones en Afganistán e Iraq terminaron elevando las filas extremistas, no moderados y elevaron el peligro de nuevos ataques en Occidente.

¿Por qué siempre Occidente tiene que ser el que reacciona, a veces tan abruptamente que le es imposible entender realmente los problemas de hacerlo y las consecuencias? El mundo árabe tanto suní como chiita debería ser el primer enlistado para detener el fundamentalismo y la violencia y luchar por una región en paz.

Países como Catar y Arabia Saudita tienen los recursos económicos y políticos para hacerlo, pero una vez más no es así. Prefieren quedarse a la banca y conformarse con llenar los cofres del complejo militar industrial estadounidense. Las consecuencias de su desidia serán irreparables. Una vez más la historia se repite; esto resuena como los golpes de tambor de los sonetos de Rudyard Kupling, azuzando al hombre blanco/ a asumir la carga/ a develar las amenaza del terror.

gjaramillo@elcomercio.org