Abelardo Pachano

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Después de escuchar al gobernante nacional, en una de las tantas intervenciones públicas con las cuales interviene en la campaña electoral, que Venezuela es uno de los países con mayor equidad, uno se queda “seco”, perplejo por decir lo menos, ante tamaña afirmación.

Asombra escuchar una opinión tan distante con la triste realidad de ese pueblo. Ahí, sólo cabe interpretar esta novedosa definición de bienestar colectivo, como aquella situación en la que buscar alimentos en la basura es sinónimo de paraíso. ¡Qué mas cabe!

Y, esta declaración, me recordó una vieja anécdota sobre los resultados de las políticas económicas en el consecución de los índices de equidad perfectos, que señala la existencia de sólo dos casos en toda la historia en haber logrado dicho mundo ideal. En el uno, en Puerto Rico (por lo menos durante algunos años), al haber enviado, especialmente a Nueva York a sus menesterosos; y, el otro en Cuba, donde sólo se quedaron los pobres, que siguen condenados a esa precaria calidad de vida, luego de casi 60 años de haberse instalado la revolución castrista.

Para bien del anecdotario, ahora se inscribe un tercer caso: Venezuela que hizo lo imposible para conseguir lo que nadie había podido hacer: disponer de una de las mayores riquezas energéticas y minerales del mundo para vivir al nivel de los haitianos, o tal vez peor. ¡Y ese es el milagro del recalentado político llamado Socialismo del siglo XXI! Chile tuvo algo parecido con el socialismo del siglo XX, pero logró salir.

Con criterios de la naturaleza que ha merecido esta columna, se confirma el absoluto despiste del gobierno (para ser benigno en la calificación) en cumplir con sus responsabilidades públicas. Sólo así se entiende otra frase inadmisible, repetida con alguna frecuencia, de que al final del mandato se entregará una economía en crecimiento, sin problemas, con indicadores sociales sanos, cuando las vivencias cotidianas señalan a una sociedad paralizada, que se come las uñas, que se endeuda todos los días para poder pagar los exorbitantes gastos públicos, que vive al filo de la navaja con aprensiones sobre la estabilidad laboral, que sabe, porque lo siente, que los daños ofrecen una “herencia desafortunada”, por lo cual en los foros internacionales la califican con Venezuela como el dúo del mal ejemplo de perspectivas dentro de América Latina.

La alternabilidad es un poderoso dique, aunque no el único, que neutraliza los resultados desastrosos que traen consigo este tipo de regímenes concentradores, que destruyen los controles, admiten la corrupción de manera sostenida, irrespetan derechos y usan la Constitución como trapo de cocina. El Ecuador está a tiempo de evitar su incorporación a este anecdotario.