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En la exasperante espera del cambio de gobierno y del cambio prometido, el Ecuador político hace sus apuestas entre dos vías o alternativas que tendría el futuro nacional.

La primera vía es la prolongación indefinida de la espera sin que ocurra nada. Cambiará el gobierno y cambiará el gabinete pero seguiría el curso de la revolución ciudadana con el nuevo estilo de un presidente de suaves maneras. Es la alternativa de la prolongación de todo, de la crisis económica, del endeudamiento, del control de los medios de comunicación, de la sumisión legislativa y judicial; siempre a la espera de los cambios que no llegarían nunca.

La segunda vía es la de una confrontación interna en el partido de gobierno que comenzaría con discrepancias aparentemente superficiales y se iría profundizando en la medida en que vayan saliendo las figuras correístas y el equipo del nuevo presidente vaya tomando el control. Sería la rebelión de los desplazados de la revolución que tomarían el mando del gobierno y del partido y utilizando el poder, la publicidad y la credibilidad del pueblo olvidarían gradualmente al viejo líder para posicionar al nuevo líder. Esta vía necesita un nuevo modelo económico y político para independizarse del viejo modelo.

El acercamiento al sector empresarial procuraría el nuevo modelo económico y la conquista del electorado de centro haría posible un nuevo modelo político. Cambios en la ley de comunicación y eliminación de algunos impuestos y leyes harían convincente el cambio prometido.
Hay una tercera vía y es la temida por quienes no creen en la capacidad de supervivencia del actual sistema ni tienen fe en la posibilidad de una ruptura hacia nuevos modelos.

La tercera vía es la de los profetas del desastre que ven a los demás como parte de la ingenuidad política que cree siempre en promesas. La tercera vía es la franquicia política bolivariana piloteada desde Cuba y que mueve la carreta con la zanahoria de la patria grande.

En esta alternativa el líder histórico sería el conductor de los acontecimientos y el nuevo presidente el glorioso número dos. Continuaría el modelo económico, se implementaría la moneda electrónica como moneda paralela y, neutralizadas las fuerzas armadas, aparecerían los colectivos ciudadanos para imponer el orden por el miedo.

La pugna por el liderazgo en la oposición garantizaría su división.

El camino seguido por Venezuela es un fracaso económico pero no político porque Maduro y sus secuaces se mantienen en el poder y han probado que aun perdiendo las elecciones no pierden el poder.

En la exasperante espera del cambio de gobierno pululan las teorías políticas; el silencio del gobierno entrante, que no ofrece señales, garantiza la participación de todos en el juego y los administradores mantienen en secreto las tareas claves igual que en el juego macabro de la ballena azul.

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