Gonzalo Maldonado

Teoría del humo

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@GFMABest

Los volcanes han despertado la fascinación de muchos. Pero, de todos ellos, solo los escritores han podido hablar con acierto sobre aquellas moles humeantes. Jorge Carrera Andrade –el primer poeta ecuatoriano– retrató al Tungurahua, al Chimborazo y al Cotopaxi no solo como montañas que chisporrotean, sino como símbolos de nuestra identidad: “El alma ecuatoriana es un volcán florecido”, escribió en su autobiografía titulada ‘El volcán y el colibrí’, precisamente.

Para Carrera Andrade, los volcanes eran como guerreros de tiempos inmemoriales que, a pesar de todo, continuaban erguidos, dignamente. A los ojos del poeta quiteño, esas chimeneas dormitantes eran la representación material de un concepto clave en su obra: lo telúrico, lo que nos atraviesa y lo que nos define, aún a pesar de nosotros mismos.

Susan Sontag también vio belleza y tragedia en los volcanes. Escribió una novela sobre el Vesubio y su capacidad para destruir o estimular las vidas de quienes pululan a su alrededor. ‘La amante del volcán’ –así se titula el libro de Sontag– describe a personajes consumidos por pasiones (¿volcánicas?) como el coleccionismo o el amor no correspondido. Su protagonista, Emma Hamilton, queda prácticamente reducida a cenizas, por entregarse sin límites a esa pasión.

Me parece que el libro de Sontag se alimenta grandemente de la leyenda de Empédocles, el filósofo que un día desapareció tragado por el Etna –otro volcán importante– y a quien Hördelin retrató como una especie de Jesucristo pagano o de lo que hoy sería un hippie. Un volcán submarino lleva ahora el nombre del famoso Empédocles.

En ‘El pintor de batallas’, Arturo Pérez Reverte también hace referencias permanentes a los volcanes y a su apariencia. Recuerdo vívidamente la descripción que en ese libro se hace del Popocatépetl, una suerte de maravilla de la arquitectura natural. No creo que sea una coincidencia que el novelista español haya decidido hablar de volcanes para narrar una historia de dolor y violencia ocurrida en los Balcanes.

El fuego y las cenizas como símbolos de la muerte también están presentes en la obra de otro escritor gigante: Jorge Semprún. “En todas las memorias de los hombres hay chimeneas que humean”, dice este español fallecido hace pocos años. Se refiere a su experiencia horrífica en Buchenwald, descrita en ‘La escritura o la vida’.

Un colega de Carrera Andrade, el poeta Gonzalo Escudero, también habló sobre el fuego y las cenizas en ‘Biografía del humo’, cuyos primeros versos he logrado memorizar: “Nuestros vestidos grises inventaron/ el humo forastero/alto de eternidad liviana/en la infancia del cielo./Ascuas de bronce en las narices/ de los caballos madrugadores que fuman dulcemente el tabaco del hielo”.