Abelardo Pachano

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10 de May de 2013 00:01

La historia se la escribe con el tiempo. Es su mejor aliada. Toda la polvareda de las luchas ocasionadas por las decisiones se asienta y con visibilidad se aprecian los resultados. Desaparecen o por lo menos atemperan las posturas dogmáticas y dan paso a comentarios menos emotivos, con contenido real.

Eso ocurre con la valoración de los 20 años del Acuerdo de Libre Comercio de México, EE.UU. y Canadá cuyos resultados dejan una estela de beneficios tangibles y la construcción de sociedades menos vulnerables, más integradas.

El mensaje es que avanzan, el modelo trabaja, lo hace razonablemente bien y por eso buscan ampliar el espectro de relaciones abiertas mediante un Acuerdo Transpacífico que, en una visión acrecentada podría luego dar paso a otro directo y multilateral con la Unión Europea.

En este lapso, por el poder han pasado varios gobiernos en los tres países y a ninguno se le ocurrió denunciarlo. Han buscado perfeccionarlo pues todavía tienen piedras en el camino. Sin embargo, no miran atrás pues la conveniencia está en seguir el sendero de libre comercio e integración económica que se trazaron y tanta oposición inicial enfrentó en sus propios senos.

En este período los flujos comerciales se multiplicaron por cuatro, convirtiéndose en el factor de creación de algunos millones de puestos de trabajo, en especial por su enorme impulso de la industria manufacturera. Además, para producir bienes de forma conjunta establecieron cadenas de producción integradas dentro de los tres países.

Ahora, las tres economías tienen indicadores macroeconómicos consistentes con su integración. La inflación ha convergido y las tasas de interés son mucho más cercanas. Los tipos de cambio son estables y de alguna manera más predecibles. Los bonos públicos apetecidos por su fortaleza ofrecen una rentabilidad baja pero consistente con el riesgo. Es más, los ciclos económicos se parecen. Ya pocos, muy pocos se podría decir piensan que el TLC fue un mal negocio, la gran mayoría busca las oportunidades y ahí los acercamientos empresariales ofrecen potencialidades de producción con más empleo para colocarla en otras partes del mundo.

Por ello el Acuerdo Transpacífico tiene mucho sentido, pues según cálculos de los tres negociadores el valor agregado de contenido Norteamericano (EE.UU.) en los productos que entran de China es de apenas 4 centavos, mientras los canadienses incorporan 40 centavos y México lo hace con 25 centavos, precisamente por las cadenas integradas de producción que se construyeron con los incentivos del TLC.

Ha sido un buen negocio social y económico. Así lo reconocen Carla Hill, Jaime Serra y Michael Wilson, quienes apoyan la ampliación del esquema, pues es un factor coadyuvante muy poderoso de solución del empleo.