Enrique Echeverría

Seguridad por encargo

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A pesar del esfuerzo policial que ha desmantelado organizaciones delictivas de todo orden, entre las más graves las que se dedican al transporte, distribución y comercio de estupefacientes; y las nuevas organizaciones delictivas para perjudicar los bienes de los ciudadanos ya no con actuaciones individuales sino con el concurso de varios delincuentes, el resultado final es parecido: no hay quien se salve de la acción de los ladrones, de los atracadores, de los estafadores, con la gravísima diferencia de la época antigua de que, si es necesario, hieren y hasta privan de la vida a la víctima.

En este panorama adquiere mayor importancia una antigua y bondadosa costumbre vigente en muchos sectores de nuestro Ecuador: recomendar la seguridad a vecinos o amigos durante la ausencia del dueño.

Unos catalogan como simple comodidad; otros, como una expresión de profunda humanidad, de amistad sincera, de cooperación de grupos, la costumbre de encargar una serie de acciones al amigo, al pariente o al vecino.

Frases como “darás viendo” mi casa, porque estaremos ausentes por corto tiempo, es un encargo constante que, en el caso de los inmuebles, incluye el “comedimiento” no tan solo de vigilancia, sino de alimentar a los canes y a las aves. En lugar de enviar una carta por correo, si una persona amiga informa que viaja a determinada ciudad en donde reside un pariente, el amigo le encarga no solo que lleve una carta, sino saludos para toda la familia; y, de paso, algún obsequio para uno de los niños si es ahijado.

“Darás llevando”; “darás trayendo”; si vas al mercado, “darás comprando” determinados productos; y, en plena Navidad un agradecido cliente del profesional que trabaja en el mimo edificio, llega a la casa del segundo con un obsequio y con el pedido de que “dé llevando” el presente al destinatario.
Es desconcertante la habilidad de los ladrones para robar. Con todas las puertas aseguradas, de pronto al llegar a la oficina, nos percatamos que ha desaparecido el computador. No más. Dando vueltas a la cabeza sobre cómo pudieron consumar ese robo, advertimos que ingresaron por el techo; uno descendió asegurado por una cuerda, las huellas de sus zapatos en el escritorio era la evidencia de que con la misma cuerda ascendieron el computador; y, luego, el ladrón. Uno queda admirado de la capacidad de los delincuentes y exclama: ¡Si esa capacidad usaran para el bien, otra sería la suerte de la sociedad!
Pero así vivimos, siempre preocupados de ser la próxima víctima de un robo, de un asalto, de heridas y, en el peor caso, de morir a manos de estos individuos.

La época de comodidad acostumbró a muchas personas a buscar medios para obtener dinero fácil: el robo es uno de ellos. Pero también hay actos similares en otras ramas de la actividad humana, pues el dinero es lo más importante.


eecheverria@elcomercio.org