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Avanzamos ya a la segunda vuelta con ambos bandos acusando de fraude al Consejo Nacional Electoral que resultó el principal perdedor en la primera vuelta. El bando de la oposición le acusa de favorecer al candidato del gobierno porque permitió una campaña desigual, porque se negó a retirar a los muertos del padrón electoral, porque contrató un conteo rápido que nunca se entregó, porque se detuvo a décimas del fraude electoral.
El bando del gobierno que calculó la victoria en primera vuelta, le exigía proclamar el triunfo del candidato oficial al puro estilo de Tibisay Lucena. Las acusaciones de este bando no llegaron lejos por el riesgo de crear otro Capaya.

La segunda vuelta mostrará las complejidades de la hora que vivimos. Será más dura que la primera porque los votos se repartirán de nuevo entre dos candidatos que son, más que ellos mismos, lo que representan. Uno representa el continuismo con toda su carga de crisis económica, de corrupción, de acumulación de poder. El otro representa el retorno del liberalismo, de la derecha, de los grupos económicos. Las dificultades de la disyuntiva electoral hacen tambalear a los líderes y harán dudar a sus seguidores. La derecha y la izquierda se inclinarán en contra del continuismo de una década de persecución y dispendio; los ambiguos que hicieron el papel de chimbadores se arrimarán abierta o solapadamente al candidato del gobierno.

No es difícil adivinar los temas de la campaña; esos temas que alimentarán la virulencia de los trolls y las retorcidas estrategias de la comunicación y la propaganda. De un lado será la corrupción con toda la trama de delaciones, insinuaciones y ocultamientos; de otro será la crisis bancaria, reconstruida escarbando restos en los osarios de la historia. La degradación de la democracia no permitirá una campaña de ideas, propuestas, debates, realidades. El populismo nos ha marcado a todos y nos ha tornado incapaces de rescatar los mejores valores de los ciudadanos.

El populismo convierte al pueblo en populacho en el que están representados, según Hannah Arendt, los residuos de todas las clases. El pueblo lucha por la verdadera representación mientras que el populacho grita siempre a favor del caudillo. No se trata de una batalla entre ignorantes e ilustrados sino la confrontación entre el pensamiento complejo de un lado y, del otro, la consigna publicitaria, la sonrisa fingida y el espectáculo de malos cantantes, mientras degradan las instituciones y se hunden en el lodazal de la corrupción.
En la segunda vuelta electoral ha surgido un nuevo elemento, integrador y unificador, que puede salvarnos: el movimiento multipartidista por el rescate de la democracia.