Milagros Aguirre

Saldo Rojo

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25 de April de 2013 00:03

Hace un mes, justo, salió la expedición de la venganza contra quienes clavaron con lanzas a Ompure y Buganey sin que nadie hiciera nada por impedirlo. Nadie puede imaginar el horror que habrá sentido, primero, la familia de los lanceados, los niños que miraron los cuerpos y a la moribunda anciana en sus últimos minutos, crucificada.

Entre los waorani no hay perdón, ni hay olvido. Solo el recuerdo que activa la urgencia de hacer justicia por mano propia. Nadie puede imaginar tampoco, el desespero de quienes fueron atacados, su agonía, la huida por la selva de los que seguramente lograron escapar a los tiros y a las lanzas, el miedo de los niños que habrían estado en esa casa, el terror de las niñas que están ahora cautivas, en manos de quienes agredieron a su grupo familiar.

Ha pasado ya un mes. Las autoridades no se ponen de acuerdo. Investigan, cada una, por su lado. Versiones van. Y versiones vienen. Mentidos. Y desmentidos. Bulos, incomprensiones. Lo que es secreto a voces en Coca, para las autoridades sigue siendo un rumor que no pueden verificar. Aún no han tomado versiones de los expedicionarios, aunque sí, de una de las niñas capturadas. Esos pueblos, protegidos por el Estado, por las leyes, por la Constitución y por la Política Nacional de Pueblos en Aislamiento, no han sido protegidos. Han fallado los mecanismos de protección. Han sido agredidos unos y otros y se ha teñido de sangre la selva. Ni se los ha protegido a ellos, ni tampoco a sus vecinos. Se han permitido todas las incursiones posibles por tierra, por río, por aire. Se ha invadido su territorio ignorando su existencia sistemáticamente.

Pese al ocultamiento constante, pese a la década de muertes en la zona, pese a los mecanismos de protección, pese al desconocimiento y a la ignorancia de su existencia, ellos existen, están ahí. Han sobrevivido a todas las conquistas posibles: desde el caucho, hasta el petróleo. Están ahí. Se hacen presentes con cada muerte, con cada lanza que indica su presencia. Para desgracia de ellos y del mismísimo Yasuní, están sentados sobre los pozos y plataformas petroleras.

Mientras tanto, nos hablan fervorosamente del Día de la Tierra, del Yasuní-ITT, de la evaluación de la campaña mundial de recogidas de dinero, como si la vida de esos hombres, mujeres y niños, en riesgo desde hace décadas, hubiera sucedido en otro mapa, en otro territorio, en otra selva. Como si valieran más las mariposas del lugar más megadiverso del planeta, que las vidas de las personas que allí habitan y a las que había que proteger. ¿Cómo explicar eso al mundo? ¿Cómo seguir pidiendo dinero? ¿Diremos luego que es la indiferencia del mundo la que ha causado las muertes en la selva y no nuestra propia incompetencia entre tantas instituciones que se dicen competentes? ¿Cómo explicar 10 años de inercia colectiva? Saldo rojo. Eso tiene la campaña Yasuní hoy: saldo rojo, pero de sangre.